Milei, Espert y la caída de la “pureza libertaria”

Milei, Espert y la caída de la “pureza libertaria”

A veinte días de votar, el oficialismo pisó su propia trampa. José Luis Espert cayó por la simple razón por la que cae cualquiera en campaña: sus explicaciones no cerraban. Durante días dijo que no, después que sí, luego que “no sabía”. Al final, reconoció haber recibido 200 mil dólares que habrían salido del circuito del empresario “Fred” Machado, hoy detenido por causas de narcotráfico y lavado.

La política exige un umbral básico: prudencia y coherencia. Espert no mostró ninguna. En ese punto, la pregunta es obvia: ¿por qué siguió tanto tiempo? Porque el poder odia retroceder. Pero retrocedió. El propio Presidente convalidó la baja del candidato y el salto de Diego Santilli al tope de la boleta, aunque “a definir por la justicia electoral”.

Las encuestas, además, eran demoledoras: más de 70% de imagen negativa para Espert y mayoría social pidiendo que se corriera. En campaña, esa mochila hunde. No hay épica que aguante esa marea.

Lo más grave vino después. En televisión, el Presidente dijo una frase que ningún mandatario debería pronunciar: que fue “el primer Presidente que tomó la decisión de que la condenada vaya presa”, aludiendo a Cristina Kirchner. En un Estado serio, la cárcel o la libertad no son “decisiones” del Ejecutivo: son fallos judiciales. La reacción fue inmediata: denuncia por abuso de autoridad e intromisión en la Justicia.

Esto no es una guerra cultural. Es manual básico de república. La división de poderes no es una pose: es la condición para que el más fuerte no haga lo que quiere con el más débil. Un gobierno que predica “orden” no puede naturalizar la idea de que un Presidente decide quién va preso.

También hay un dato de sobriedad que conviene recuperar: si la política vive del atajo financiero —los “swaps” milagrosos, los sponsors sin preguntas, las rutas aéreas privadas— termina perdiendo el único capital que importa en una democracia: confianza. Y la confianza se construye con reglas claras y cuentas claras. Si el dinero manda, la política se vuelve ruido; si los principios mandan, el dinero encuentra su lugar.

Muchos votantes del oficialismo no aplaudieron un escándalo: eligieron un rumbo. Les prometieron transparencia, meritocracia y ejemplaridad. Lo de esta semana fue lo contrario. Por eso duele. Y por eso no alcanza con decir “opereta”. Las operetas se caen con documentos, no con adjetivos.

Volvamos a lo simple, que es lo difícil:

Si un candidato recibió plata de alguien hoy preso por narco, lo explica con papeles o se baja. Pasó lo segundo.

Si el Presidente cree en la justicia, no se atribuye detenciones ni condenas. Se limita a gobernar y a respetar.

Si de verdad quieren “orden”, empiecen por casa: controles internos, boletas limpias, voceros que no se contradigan cada 24 horas.

La ansiedad crematística —el apuro por la caja, por el atajo, por el sponsor— siempre conduce al mismo sitio: errores que se pagan caro. El país no necesita shows en estadios ni consignas de tablado. Necesita adultos al mando. Tradición republicana, prudencia en la palabra, austeridad en los gestos. Lo clásico, lo que funciona.

Porque la política, cuando se hace bien, no es épica de redes: es carácter. Y el carácter se nota cuando uno elige callar a tiempo, mostrar papeles y respetar límites. Lo otro es ruido. Y el ruido, en campaña, es derrota.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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