El recital que quiso ser milagro
El Movistar Arena parecía una parodia de sí mismo. Luces, pantallas, humo y un presidente en escena, convencido de que cantar desafinado podía disimular una economía descompuesta. Javier Milei, artista del error, convirtió lo que debía ser la presentación de un libro en un recital de egos y eslóganes, con riffs de mercado y coros de resentimiento. “Pudieron ganar un round, pero no la batalla”, gritó, creyéndose un gladiador del libre mercado ante un público que solo pedía un poco de sentido. Afuera, el dólar subía mientras adentro se coreaba “La casta tiene miedo”, como si el estribillo alcanzara para pagar la luz. LRA ya no es la sigla de la radio del Estado sino de La Recesión Avanza, y nada marcha acorde al plan. El gobierno se tambalea entre el ridículo y el delito, entre un discurso que se agota en su propia caricatura y una realidad que ya no puede esconder bajo las luces de un escenario. La única banda que suena afinada es la del riesgo país, que toca sin descanso. En medio de los riffs libertarios, Espert —el autoproclamado economista pulcro— se hunde en transferencias, vuelos y olvidos. Lo dejaron caer no por lealtad sino por cálculo: el gobierno entendió tarde que los escándalos también tienen inflación. Y mientras Milei improvisa solos de guitarra para tapar los agujeros fiscales, Macri afina sus cuerdas desde la penumbra. No canta, negocia. Avanza sin ruido, como quien vuelve a cobrar por los derechos de autor de una obra ajena.
El verdadero tema de fondo no está en el show sino en la letra chica: el “swap” que no era plata, la deuda como mordaza y un Tesoro extranjero que promete lo que después niega. La economía argentina sigue atada a la vieja partitura del sometimiento: la macro sonríe en las conferencias, pero la micro —esa señora que compra carnaza y dos chorizos— paga la entrada más cara. El equilibrio fiscal, ese dogma de púlpito liberal, se celebra como si fuera justicia divina, mientras la justicia social —la de verdad, la que alimenta y protege— se criminaliza. Milei repite a Mises como un loro sin conciencia del absurdo: predica que el Estado roba mientras los bancos hacen cola para cobrar lo que él les promete. Entre tanto, el pueblo asiste a la función sabiendo que, cuando el telón baje, no habrá milagros, apenas cuentas pendientes.
La política convertida en karaoke deja una escena patética: un presidente que canta “Libre” cuando su pueblo está atado, que vende “milagros” a crédito y confunde la gestión con el espectáculo. Detrás del humo, el país sigue igual: el dólar brinca, los salarios se achican, y los que decían venir a destruir la casta ya se pelean por los cargos. En la platea, los conversos aplauden como si todavía creyeran, mientras los descreídos se retiran antes del final, sabiendo que en la Argentina, cuando la economía desafina, el bis siempre es más caro. Milei se baña, se viste de Presidente, y sale a escena otra vez, convencido de que puede reescribir la historia con guitarra eléctrica. Pero el público —ese que ya no llega a fin de mes— no aplaude más los errores en fa sostenido. Quiere silencio, pan y gobierno. Y eso, aunque él no lo entienda, no se canta: se hace.
