Oficialismo mediático: la operación para soltar a Adorni y proteger a Milei
La salida de Manuel Adorni no clausura la crisis política del Gobierno. Apenas intenta cambiar el eje. El problema es que, al correr de escena al funcionario, el oficialismo y sus voceros mediáticos pueden terminar habilitando una pregunta todavía más incómoda: qué pasa con Javier y Karina Milei, con los escándalos que los rodean y con las consecuencias sociales del modelo económico.
El caso Adorni fue demoledor para el relato oficial porque dejó expuesta una contradicción difícil de disimular. Un gobierno que hizo de la austeridad una bandera quedó atrapado en una investigación patrimonial sobre uno de sus funcionarios más visibles. No se trata solo de una causa judicial. Se trata de una crisis de credibilidad.
Durante semanas, buena parte del aparato comunicacional cercano al Gobierno intentó minimizar el escándalo. Primero buscó taparlo con otras noticias, en especial con casos de corrupción vinculados al kirchnerismo. Después, cuando el avance judicial volvió imposible el silencio, empezó a instalar otra salida: aceptar la renuncia de Adorni para que el Presidente pudiera concentrarse en mostrar los supuestos éxitos de su gestión.
La fórmula fue simple: entregar a Adorni para salvar a Milei.
El argumento se presentó como un gesto de prudencia política. En realidad, fue una operación de control de daños. Los mismos sectores que durante años elogiaron al funcionario y evitaron hacer preguntas incómodas empezaron a tratarlo como una carga. No porque hubieran descubierto de golpe la importancia de la transparencia pública, sino porque entendieron que su permanencia contaminaba la agenda del Gobierno.
Pero la maniobra tiene un riesgo evidente. Si se habla menos de Adorni, puede empezar a hablarse más de los Milei.
El caso $Libra, las sospechas alrededor de contrataciones y sobreprecios en áreas sensibles como discapacidad, y las derivaciones que puedan surgir del propio expediente de Adorni no desaparecen con una renuncia. Al contrario: quedan más cerca del centro del poder.
La pregunta ya no es únicamente qué hizo Adorni, qué declaró o cómo justificará su patrimonio. La pregunta es cuánto sabía el Gobierno, por qué lo sostuvo hasta último momento y qué otros escándalos quedaron protegidos mientras la atención pública giraba alrededor de un solo funcionario.
A eso se suma el costado económico. El oficialismo mediático pidió correr a Adorni para hablar de las buenas noticias del Gobierno. Pero los datos muestran una realidad bastante menos celebratoria.
La actividad económica volvió a mostrar señales de debilidad. La recaudación real cayó. El consumo interno sigue golpeado. El poder adquisitivo de los ingresos perdió terreno. La morosidad de las familias creció. La inversión no despega, pese al discurso oficial sobre la apertura, la confianza y el clima favorable para los negocios.
Las empresas no invierten solo porque un gobierno prometa desregular. Invierten cuando ven demanda, previsibilidad, infraestructura, crédito razonable y estabilidad política. Nada de eso parece consolidado.
El país que el oficialismo presenta como ordenado convive con cierres de empresas, pérdida de puestos de trabajo registrados, salarios deteriorados y sectores productivos en retroceso. La minería, los hidrocarburos y la intermediación financiera pueden mostrar buenos resultados, pero no alcanzan para compensar la caída de la industria, la construcción, el comercio y las pymes.
Ese es el verdadero problema de fondo: el modelo tiene ganadores, pero también una cantidad creciente de perdedores. Y esos perdedores no viven en una planilla de Excel. Viven en fábricas que cierran, comercios que venden menos, familias que se endeudan para llegar a fin de mes y trabajadores que conservan el empleo pero pierden salario todos los meses.
La salida de Adorni puede aliviar por unos días la agenda del Gobierno, pero no resuelve la crisis de confianza. Tampoco borra las inconsistencias del relato oficial. Mucho menos elimina la tensión entre el discurso de la motosierra moral y las sospechas de privilegios, negocios y protección política.
Milei suele atacar al periodismo crítico, pero también maltrata a quienes lo defendieron. Su lógica no admite matices: exige obediencia, no acompañamiento. Por eso, quienes hoy empujaron a Adorni hacia la salida para preservar al Presidente quizá mañana hagan lo mismo con el propio Milei si sienten que el poder empieza a escaparse.
La fidelidad comprada suele durar poco. La conveniencia dura menos. Y los aparatos mediáticos que hoy ayudan a construir una coartada pueden convertirse mañana en sus primeros verdugos.
Adorni se fue. Lo que sabía, no.
