Caracas entierra a sus muertos entre el colapso, el duelo y la ausencia del Estado

Caracas entierra a sus muertos entre el colapso, el duelo y la ausencia del Estado

En el Cementerio General del Sur, las familias despiden a las víctimas de los terremotos con rituales improvisados, costos desbordados y múltiples trabas. Crecen las dudas sobre la cifra real de fallecidos y desaparecidos.

“Mi príncipe”. “Mi amada”. “El amor de mi vida”. Sobre el yeso fresco de un nicho del Cementerio General del Sur, una familia caraqueña escribió con un palito fino los últimos mensajes para tres de sus muertos. Fue una despedida íntima, precaria y atravesada por el dolor, en una madrugada marcada por lágrimas, silencio y desamparo.

A Génesis Montes la enterraron la semana pasada en otro nicho. “Te amamos x siempre”, escribieron sus familiares. También despidieron a Jorge Montes, su hermano, con otra frase breve: “Eres el mío”. Para Jesús Vásquez no hubo mensaje. A veces el dolor no encuentra palabras.

Aunque no es una tradición extendida en Venezuela, muchas familias de La Guaira entierran por estos días a sus seres queridos en los nichos del Cementerio General del Sur, una de las necrópolis más populares de Caracas. El lugar carga con su propia historia: durante años fue escenario de saqueos, profanaciones y leyendas urbanas, entre tumbas abandonadas, rituales religiosos y relatos de santos populares.

En ese mismo cementerio conviven los mausoleos vinculados a figuras de la elite política venezolana con sectores humildes donde hoy son enterradas las víctimas de la catástrofe. La zona destinada a los fallecidos por los terremotos está lejos de cualquier solemnidad oficial. Allí ni siquiera pueden utilizarse los nichos superiores por falta de maquinaria para elevar los ataúdes. Apenas hay una escalera de madera y trabajadores que intentan responder como pueden ante una demanda que no deja de crecer.

Según fuentes consultadas, un nicho puede costar alrededor de 200 dólares. El traslado desde la morgue hasta el cementerio puede alcanzar los 400. La tragedia también abrió la puerta a una economía de urgencia, donde los precios suben al ritmo de la desesperación.

Una familia de Mérida quiso trasladar a tres de sus muertos hasta El Vigía, a unos 700 kilómetros. El costo inicial fue de 1200 dólares por cada cuerpo. Pero sólo contaban con 1300 dólares en total. Finalmente, por la voluntad de uno de los conductores, que se impuso al rechazo de otros, pudieron realizar el traslado de los tres fallecidos por ese monto.

La ayuda estatal, en esos casos, no aparece. Las familias deben resolver entre trámites, costos, traslados, morgues saturadas y funerarias desbordadas.

“Hemos luchado muy duro durante 11 días para recuperar a mi hijo. Con las manos, con picos, con palas. Alquilamos una grúa para que nos ayudara a levantar las paredes. Por allí pasaron rescatistas salvadoreños, mexicanos, checos, pero dijeron que no podían hacer nada”, contó José Rosal, padre del exbasquetbolista Eduardo Rosal.

Eduardo había sido jugador y luego entrenador de jóvenes talentos. También era DJ de salsa en Sábana Grande. Su padre lo recuerda como un apasionado de la salsa dura, de la vieja escuela. Lo dice con una serenidad cansada, la calma amarga de quien ya peleó todo lo que podía pelear.

Los operarios abrieron la tumba donde estaba enterrada la abuela de Eduardo. Sus restos fueron reunidos en una bolsa de plástico para hacer lugar al nuevo ataúd. Eduardo medía más de dos metros y ocuparía casi toda la fosa. De fondo se escuchaban los lamentos de su madre y de su tía.

La familia, además, enfrentaba nuevas trabas. Desde la funeraria avisaron que todavía debían completar trámites en el Puerto de La Guaira. “La gente del gobierno no empezó a trabajar hasta las 10. No han hecho más que ponernos obstáculos. Tampoco nos dejaron velarlo”, se quejó uno de los familiares.

Mientras tanto, los ataúdes se acumulan en las morgues y en espacios improvisados. El gobierno informa las cifras de víctimas de manera parcial, mientras crecen las dudas sobre el verdadero alcance de la tragedia. Según el último reporte oficial, los fallecidos serían 3342, aunque las listas de desaparecidos se mantienen por encima de los 31.000. Entre fuerzas de seguridad venezolanas circulan estimaciones mucho más altas.

En el Cementerio General del Sur, los entierros se suceden a un ritmo que preocupa a los propios trabajadores. Algunos advierten que, si la cantidad de cuerpos continúa creciendo, en los próximos días podría ser necesario cavar fosas comunes en los sectores más alejados del predio.

La escena concentra el drama de una ciudad golpeada: familias que buscan a sus muertos, otras que todavía esperan noticias de sus desaparecidos, morgues saturadas, cementerios al límite y trámites que agravan el duelo.

Caracas entierra a sus víctimas entre la precariedad y la incertidumbre. En los nichos, sobre yeso fresco, quedan grabadas frases mínimas. Son mensajes de amor en medio del derrumbe. Pequeñas despedidas frente a una tragedia que todavía no termina.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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