Trump pone plazo a la guerra con Irán y vuelve a presionar por Ormuz
En medio de una escalada que ya lleva más de un mes en Medio Oriente, Donald Trump volvió a marcar posición sobre la guerra con Irán y aseguró que la participación militar de Estados Unidos podría concluir en un plazo de “dos o tres semanas”. El presidente norteamericano dio a entender que Washington considera cumplidos buena parte de sus objetivos y sugirió, además, que la cuestión del estrecho de Ormuz debería quedar en manos de otros países.
Desde la Casa Blanca, Trump afirmó que las fuerzas estadounidenses podrían retirarse pronto porque, según dijo, ya no habría motivos para continuar involucrados. Sin embargo, casi en el mismo acto dejó una definición más ambigua: sostuvo que la salida dependerá de que Irán quede impedido de reconstruir su capacidad nuclear y relativizó incluso la necesidad de un acuerdo formal. Esa doble señal volvió a exponer las contradicciones del mandatario sobre el rumbo y la duración de la ofensiva.
A la vez, el líder republicano se despegó de cualquier responsabilidad sobre la seguridad en el estrecho de Ormuz, una vía clave para el comercio energético global. Después de cuestionar a los aliados de la OTAN por no involucrarse en las operaciones para despejar la zona, señaló que esa tarea debería recaer en países como Francia o en cualquier nación que dependa del tránsito por ese corredor marítimo.
Trump también insistió en que su administración mantiene contactos con Irán y fue más allá al atribuirse un cambio de régimen en Teherán tras la ofensiva lanzada junto a Israel a fines de febrero. En esa operación murió el ayatollah Ali Khamenei, reemplazado luego por su hijo Mojtaba. El presidente estadounidense celebró la aparición de una conducción que describió como menos radical y más razonable. En la misma línea se expresó el secretario de Guerra, Pete Hegseth, quien advirtió que el nuevo liderazgo iraní debería aceptar las condiciones impuestas por Washington si pretende llegar a un entendimiento.
Del lado iraní, en cambio, la respuesta fue más cautelosa. El canciller Abbas Araghchi negó que existan negociaciones formales en marcha y aclaró que el intercambio de mensajes con enviados norteamericanos no puede interpretarse como una instancia de diálogo diplomático. Por su parte, el presidente Masoud Pezeshkian expresó voluntad de cerrar el conflicto, aunque condicionó cualquier salida a la obtención de garantías que impidan una nueva agresión.
Mientras los cruces diplomáticos siguen abiertos, la guerra ya impacta con fuerza en la economía global. El control iraní sobre el estrecho de Ormuz y los ataques contra infraestructura energética regional alteraron el suministro de petróleo y gas, dispararon los precios internacionales y golpearon a los mercados. En Estados Unidos, la suba de los combustibles ya superó el umbral simbólico de los cuatro dólares por galón, y Trump respondió con una frase tan simple como reveladora: dijo que para bajar el precio de la nafta solo tendría que salir de Irán.
En el plano militar, la ofensiva estadounidense no se detiene. En las últimas horas hubo bombardeos sobre un depósito de municiones en Isfahán con bombas antibúnker, mientras el Pentágono confirmó el uso de aviones B-52 sobre territorio iraní. Según el jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, el foco ahora está puesto en destruir las cadenas logísticas que permiten a Irán reponer misiles, drones y equipamiento naval. Hegseth, por su parte, evitó descartar una incursión terrestre y alimentó así las especulaciones sobre una posible ampliación del conflicto.
Con más de 50.000 soldados desplegados en la región, la guerra entra en una etapa de fuerte incertidumbre. Trump habla de una salida cercana, pero al mismo tiempo deja abierta la puerta a una profundización de la ofensiva. Y allí está el núcleo del problema: la Casa Blanca anuncia un final posible mientras mantiene intactos los instrumentos para seguir escalando.
