Cuando el cambio empieza a esconderse de sí mismo

Cuando el cambio empieza a esconderse de sí mismo

El pedido del PRO para que Javier Milei “defienda el cambio y no a Adorni” expone algo más profundo que una interna entre aliados. Muestra que el escándalo alrededor del jefe de Gabinete dejó de ser un problema individual y empezó a convertirse en un costo político para todo el oficialismo ampliado.

El PRO no rompió con el Gobierno. Al contrario: ratificó su apoyo general al rumbo. Pero justamente por eso su advertencia tiene peso. Lo que le dice a Milei, entre líneas, es que ninguna transformación puede sostenerse si termina defendiendo aquello que prometió combatir: la opacidad, las contradicciones patrimoniales y la falta de ejemplaridad pública.

El caso Adorni golpea en el centro del relato libertario. Un gobierno que llegó al poder denunciando privilegios, castas y manejos oscuros no puede actuar como si las explicaciones patrimoniales fueran un trámite menor. Mucho menos cuando se les pide a millones de argentinos que soporten sacrificios en nombre de la austeridad, el orden y la transparencia.

La cuestión no es sólo judicial. Será la Justicia la que determine si hubo delito o no. Pero la política tiene otra vara, más inmediata y más exigente. Un funcionario público no sólo debe cumplir la ley: también debe poder mirar a la sociedad de frente y explicar con claridad de dónde salió cada peso relevante de su patrimonio.

Milei enfrenta una decisión incómoda. Puede seguir cerrando filas alrededor de Adorni y transformar una defensa personal en un problema de Gobierno. O puede entender que, a veces, preservar un proyecto exige soltar lastre antes de que el lastre hunda el barco entero.

El PRO, con astucia y conveniencia, intenta pararse del lado de la transparencia sin abandonar la alianza. Es una jugada política evidente. Pero también deja una verdad difícil de esquivar: cuando hasta los propios socios empiezan a pedir explicaciones, el problema ya no puede atribuirse sólo a la oposición, al periodismo o a una campaña en contra.

El cambio no se defiende con discursos encendidos ni con enemigos imaginarios. Se defiende con funcionarios intachables, declaraciones claras y responsabilidad institucional. Si el Gobierno hizo de la moral pública una bandera, no puede esconderla justo cuando flamea el viento en contra.

Porque cuando la transparencia se vuelve selectiva, deja de ser transparencia. Y cuando el poder exige sacrificios al pueblo pero indulgencia para los propios, el cambio empieza a parecerse demasiado a aquello que juró dejar atrás.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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