Familias endeudadas para sobrevivir: salarios en caída, inflación y créditos cada vez más caros

Familias endeudadas para sobrevivir: salarios en caída, inflación y créditos cada vez más caros

El endeudamiento dejó de financiar proyectos para convertirse en una herramienta de supervivencia. Con salarios que pierden frente a los precios y paritarias contenidas, cada vez más hogares recurren a tarjetas, préstamos y financieras para comprar alimentos o pagar servicios. Mientras el Gobierno de Javier Milei se desentiende del problema, vuelve a quedar en discusión qué modelo económico puede garantizar que trabajar alcance para vivir.

Durante décadas, tomar un crédito podía significar comprar una vivienda, cambiar el auto, ampliar un comercio o financiar algún proyecto familiar. En la Argentina de 2026, para una parte creciente de la población significa algo mucho más elemental: llegar a fin de mes.

Comprar comida con tarjeta, pedir dinero prestado para pagar el alquiler o refinanciar servicios básicos dejaron de ser situaciones excepcionales. Para miles de familias son parte de una rutina marcada por salarios insuficientes y gastos que aumentan más rápido que los ingresos.

La diferencia es fundamental. Endeudarse para invertir puede ser una decisión económica. Endeudarse para comer es consecuencia de la necesidad.

Sin embargo, el presidente Javier Milei respondió recientemente al problema con una fórmula que resume buena parte de su concepción económica: “Que se arreglen entre privados”.

La frase resulta especialmente contradictoria cuando el propio Gobierno interviene sobre las negociaciones salariales y contiene aumentos paritarios que considera incompatibles con su programa antiinflacionario.

Salarios que vuelven a perder

En agosto, el Salario Mínimo, Vital y Móvil quedó establecido en $376.600.

Al mismo tiempo, la inflación mensual volvió a superar el 2% y acumuló alrededor del 19% durante los primeros siete meses del año.

El deterioro también aparece en los propios números oficiales. Según datos del Ministerio de Capital Humano, el salario real de los trabajadores privados registrados cayó 0,9% durante junio y volvió a ubicarse por debajo del nivel de noviembre de 2023.

La baja se produjo después de una caída todavía mayor en mayo, cuando los ingresos reales retrocedieron 2,9%.

El mecanismo empieza a repetirse: los salarios reciben incrementos nominales, pero la evolución de los precios termina absorbiéndolos rápidamente.

Las diferencias entre actividades son importantes, pero sectores como el textil, el metalúrgico y el comercio registraron retrocesos significativos en términos reales.

El resultado contradice una de las promesas centrales del discurso oficial. La desaceleración inflacionaria, por sí sola, no garantiza una recuperación del nivel de vida si los ingresos continúan detrás de los precios.

De la pérdida salarial a la deuda permanente

Cuando el sueldo deja de cubrir los gastos mensuales, el crédito ocupa ese lugar.

Primero aparece la tarjeta para pagar el supermercado. Después, las cuotas para financiar consumos básicos. Más tarde puede llegar el préstamo personal para cancelar el resumen de la propia tarjeta.

Así comienza una dinámica difícil de revertir.

El crédito deja de complementar el ingreso y pasa a reemplazarlo.

La mayor utilización de préstamos coincide además con un incremento de la morosidad en distintas líneas destinadas al consumo. El problema no consiste solamente en cuánto se pide prestado, sino en las tasas que deben afrontarse posteriormente.

Una familia que necesita endeudarse para cubrir alimentos no está anticipando consumo futuro: está trasladando al mes siguiente un gasto que ya hoy no puede afrontar.

Y cuando llega el próximo vencimiento, al gasto cotidiano se agrega la cuota anterior más los intereses.

La consecuencia es una rueda cada vez más difícil de detener.

Trabajar y aun así no llegar a fin de mes

El aspecto más preocupante de este fenómeno es que el endeudamiento ya no alcanza solamente a quienes están fuera del mercado laboral.

También afecta a trabajadores formales.

El empleo, que históricamente constituyó una de las principales herramientas de integración social argentina, dejó de garantizar por sí mismo condiciones mínimas de estabilidad económica para numerosos hogares.

Allí aparece una diferencia profunda entre el modelo de Javier Milei y la concepción económica que caracterizó a los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner.

Durante el kirchnerismo, con aciertos, errores y contradicciones, el salario fue entendido como una variable central de la economía: no solamente como un costo empresario, sino también como el principal motor del consumo interno.

La recuperación del empleo, las negociaciones paritarias y las políticas de ingresos buscaban sostener una idea sencilla: que el trabajador participara del crecimiento económico.

El programa libertario parte de otra lógica. Primero deben ordenarse las variables macroeconómicas y después, eventualmente, los beneficios alcanzarían a la sociedad.

El problema es que esa segunda etapa todavía no aparece para amplios sectores.

El contraste con el modelo kirchnerista

Una de las principales diferencias entre Cristina Kirchner y Javier Milei reside precisamente en la concepción del salario.

El kirchnerismo sostuvo históricamente que mejorar los ingresos populares también impulsaba la actividad económica: un trabajador con mayor poder adquisitivo consume más, ese consumo genera producción y la producción sostiene empleo.

Milei, por el contrario, construyó su programa sobre el ajuste fiscal, la reducción del gasto público y una fuerte disciplina sobre los ingresos.

Para el Gobierno, contener salarios puede contribuir a evitar que vuelvan a acelerarse los precios.

Pero esa política tiene un costo concreto.

Si la inflación baja mientras los salarios permanecen deprimidos, el equilibrio macroeconómico puede convivir perfectamente con familias que viven peor.

Ese es uno de los grandes límites del relato libertario.

Una economía no puede medirse solamente por el déficit fiscal, las reservas o las variables financieras. También debe observarse cuánto puede comprar una persona después de trabajar ocho horas.

El negocio de prestarles a quienes no llegan

El deterioro de los ingresos también amplía el mercado de bancos, billeteras virtuales y financieras dedicadas al crédito de consumo.

Cuanto más difícil resulta llegar a fin de mes, mayor es la demanda de préstamos rápidos.

El problema aparece cuando las tasas elevadas convierten una dificultad transitoria en una deuda permanente.

En ese contexto, el dirigente del Frente de Izquierda Gabriel Solano presentó una denuncia penal contra Marcos Galperin, fundador de Mercado Libre, vinculada con el delito de usura por las condiciones de determinados créditos otorgados mediante Mercado Pago.

La denuncia deberá ser evaluada por la Justicia, pero vuelve a colocar en debate un fenómeno económico más amplio: qué protección tiene un consumidor desesperado cuando necesita dinero inmediatamente para cubrir gastos indispensables.

La supuesta libertad contractual pierde buena parte de su significado cuando una de las partes negocia desde la necesidad.

Quien pide un préstamo para comer no tiene la misma capacidad de decisión que quien presta buscando rentabilidad.

“Que se arreglen entre privados”

La respuesta de Milei frente al endeudamiento expone una contradicción todavía mayor.

El Gobierno reivindica que las relaciones económicas deberían resolverse libremente entre particulares, pero al mismo tiempo interviene cuando considera que los acuerdos salariales pueden comprometer su política económica.

La libertad parece funcionar, entonces, de manera selectiva.

Cuando trabajadores reclaman recomponer sus ingresos, aparece la preocupación oficial por los efectos inflacionarios.

Cuando una familia queda atrapada entre una deuda y una tasa difícil de afrontar, la respuesta es que se trata de un acuerdo entre privados.

El Estado se retira justamente en el momento en que la desigualdad entre las partes es mayor.

El costo social del experimento

La Argentina de agosto de 2026 muestra una paradoja inquietante.

El Gobierno exhibe determinados resultados macroeconómicos como prueba de que su programa funciona, mientras una parte de la sociedad necesita financiar alimentos para atravesar el mes.

No existe estabilidad económica verdaderamente sostenible si se construye sobre trabajadores con salarios insuficientes y hogares obligados a endeudarse para sostener consumos elementales.

Tampoco alcanza con repetir que el ajuste era inevitable.

Después de más de dos años de administración libertaria, Javier Milei ya no puede explicar indefinidamente las consecuencias sociales de su política apelando exclusivamente a la herencia recibida.

Gobernar también significa hacerse responsable de aquello que ocurre durante el propio mandato.

Y ahí vuelve a aparecer Cristina Kirchner como una referencia política incómoda para el oficialismo.

No porque todos los problemas económicos hayan estado resueltos durante sus gobiernos ni porque aquella etapa deba idealizarse, sino porque representa una concepción opuesta: la idea de que el salario, el empleo, el consumo y la protección social deben ocupar un lugar central en cualquier programa económico.

Esa discusión probablemente atraviese también las elecciones de 2027.

La pregunta será mucho más concreta que cualquier batalla cultural: si la Argentina quiere consolidar un modelo en el que el mercado determine hasta dónde puede vivir cada familia o recuperar una política económica en la que el Estado vuelva a intervenir para que trabajar alcance para vivir.

Porque cuando una familia necesita pedir prestado para comprar comida, el problema ya no es financiero.

Es político.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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