El consumo se sigue hundiendo: en febrero cayó otro 10,3%
La baja no afloja y expone el costo social del ajuste de Milei
El derrumbe del consumo masivo en la Argentina no da tregua. Según el último relevamiento de la consultora Scanntech, las ventas en autoservicios cayeron en febrero un 10,3% interanual y un 10,5% respecto de enero, confirmando que la retracción del gasto cotidiano sigue siendo una de las marcas más visibles del modelo económico de Javier Milei.
Los datos surgen del informe Radar Scanntech, que procesó información de más de 3,5 millones de tickets emitidos en autoservicios de todo el país. Lejos de cualquier relato triunfalista sobre la recuperación, el estudio muestra que la crisis del consumo sigue golpeando de lleno en uno de los termómetros más sensibles de la economía real: las compras diarias de los hogares.
Con la caída de febrero, el segmento acumuló una contracción del 9% en el primer bimestre del año. No se trata de una oscilación menor ni de una corrección pasajera. Es la ratificación de una tendencia que ya se volvió estructural: la gente compra menos, incluso cuando va al autoservicio, incluso cuando se trata de productos básicos, incluso cuando ajustó todo lo ajustable.
El dato más inquietante es que, a pesar de vender menos, las empresas del sector facturaron más. En febrero, la facturación subió 15,7% respecto del mismo mes de 2025, aunque cayó frente a enero de este año. En el acumulado del bimestre, el alza fue del 16,6% interanual. La explicación no está en una mejora del mercado sino en un fenómeno mucho más áspero: se vende menos volumen, pero a precios más altos. En otras palabras, entra más plata nominal, pero circulan menos productos. No es crecimiento. Es deterioro maquillado por inflación.
Los precios, de hecho, siguieron empujando hacia arriba. El informe señala que aumentaron 22,8% interanual y 1,3% mensual. En febrero, el ticket promedio fue de $9.930, un 22,7% más caro que un año atrás. El número, por sí solo, no dice tanto hasta que se lo pone en contexto: detrás de cada ticket más alto hay menos changuito, menos margen y más resignación.
También cayó la cantidad de tickets emitidos: 5,7% interanual y 7,7% respecto del mes anterior. A eso se sumó una reducción en las unidades por compra, tanto en comparación con febrero del año pasado como con enero de 2026. El movimiento es claro y no admite maquillaje semántico: no solo compra menos gente, sino que quienes compran también se llevan menos cosas.
La caída fue todavía más pronunciada en el interior del país que en el Área Metropolitana de Buenos Aires. En las provincias, el consumo se retrajo 11,9% interanual, aunque la facturación subió 14,9%. En el AMBA, la baja fue del 5,4%, con una facturación 17,8% superior a la de febrero de 2025. El dato vuelve a mostrar la misma postal: menos consumo, más plata gastada, menor capacidad de compra. No hay milagro libertario ahí. Hay licuación.
Por rubros, las bebidas encabezaron los aumentos de febrero, con una suba del 3,3% respecto de enero. Los alimentos treparon 1,1% mensual, con incrementos particularmente fuertes en productos centrales de la mesa argentina: harinas (+5,1%), azúcar (+3,7%), leche (+3,4%) y aceite (+2,2%). Es decir, no sube un lujo exótico ni un bien accesorio: suben insumos esenciales, de esos que definen si una familia improvisa, recorta o directamente se priva.
El estudio analizó datos de 607 puntos de venta de todo el país, entre tiendas, autoservicios grandes e independientes, y abarcó 238 categorías de alimentos, bebidas, cuidado personal y limpieza. La amplitud de la muestra refuerza una conclusión que ya no puede esconderse detrás de tecnicismos oficiales: mientras el Gobierno insiste en exhibir disciplina fiscal y desaceleración inflacionaria como trofeos absolutos, la economía de todos los días sigue dando señales de fatiga severa.
El problema para Milei es que el consumo no es una variable secundaria. Es uno de los espejos más crueles de la realidad social. Porque cuando una sociedad deja de comprar, no está expresando prudencia financiera ni madurez republicana, como acaso fantasee algún funcionario enamorado de las planillas. Está diciendo otra cosa, más simple y más grave: que no le alcanza.
Ese es el corazón político del dato. El gobierno libertario podrá defender su ajuste como una cirugía necesaria, podrá repetir que había que “sincerar” la economía y podrá celebrar que algunos indicadores macro lucen menos caóticos que antes. Pero en la góndola, en el almacén, en el autoservicio del barrio, la verdad se vuelve más brutal: la supuesta normalización está siendo pagada por consumidores que achican compras, por familias que revisan cada gasto y por una clase media cada vez más forzada a comportarse como si cada compra fuera una emergencia.
La baja del consumo no es apenas una mala noticia comercial. Es el síntoma de una sociedad exhausta. Y también el desmentido más concreto a la liturgia oficial. Porque una economía puede ordenar balances, sí. Lo que no puede hacer sin costo político es vaciar changuitos y pretender que eso se confunda con progreso.
