El cansancio social de un país que ya no resiste

El cansancio social de un país que ya no resiste

Hay una fatiga que no figura en los informes oficiales, pero atraviesa cada conversación cotidiana: la de vivir con la cabeza haciendo cuentas. No es solo la inflación, ni el desempleo, ni el sueldo que no alcanza. Es el desgaste moral de sostener una vida que se volvió una pulseada diaria contra lo básico.

Un nuevo relevamiento académico confirma lo que las calles ya sabían: casi la mitad de los argentinos sufre “estrés económico”. Son familias que ajustan las comidas, que apagan la estufa antes de dormir, que pagan una boleta con miedo a que no alcance para la siguiente. No se trata únicamente de la pobreza estadística, sino de una sensación extendida de precariedad que ya se volvió identidad colectiva.

Durante décadas, la Argentina se jactó de su movilidad social: estudiar, trabajar y progresar era una secuencia posible. Hoy, el ascensor se detuvo entre pisos. Hay un tercio de la población que quedó atrapada en la pobreza y no logra salir ni siquiera cuando los indicadores macro mejoran. Son familias que viven al día, sin margen para planificar el futuro.

La pobreza crónica ya no es solo una foto: es una herencia. Quien nace en un hogar pobre, en la mayoría de los casos, muere pobre. La estructura social se endureció. Las clases medias, por su parte, se vuelven cada vez más delgadas y temerosas: ya no miran hacia arriba con deseo, sino hacia abajo con pánico.

Sin los planes sociales, el derrumbe sería total. La Asignación Universal, la Tarjeta Alimentar y los programas de asistencia son hoy el escudo que evita que millones caigan en la indigencia. Pero no alcanza. Funcionan como un respirador que mantiene con vida, sin lograr curar la enfermedad de fondo.

Es una política que contiene, pero no transforma. Alivia el hambre sin garantizar movilidad, y en muchos casos sustituye al empleo estable que ya no existe. La ayuda social es necesaria, pero no puede ser el destino.

La UCA no solo midió la falta de dinero. El dato es revelador: junto con la pobreza material crece una pobreza emocional. Hogares atravesados por el miedo, la ansiedad, la sensación de pérdida y una angustia que se hereda tanto como la falta de oportunidades.

Hay una suerte de “pobreza del ánimo” que se expresa en las calles, en los medios y en el humor social. La bronca, la apatía o el sarcasmo son formas distintas de una misma fatiga colectiva. La idea de que no hay salida se volvió un mantra peligroso.

Las cifras más duras aparecen donde duele más: los niños. En los hogares con chicos, la pobreza se dispara. Comer, vestirse, estudiar, jugar… todo se vuelve un lujo. Y aun así, el país sigue discutiendo planes sin hablar de futuro.

No hay sociedad que se recupere si condena a su niñez a crecer en la incertidumbre. Lo más alarmante no es solo cuántos son los pobres, sino cuántos se acostumbraron a serlo.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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