Decidir

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El gobierno que confunde Excel con destino nacional

Hay una Argentina que se cuenta en planillas y otra que se vive en silencio.
En una, los números “cierran”: la inflación baja, el índice de actividad no marca recesión, el dólar parece bajo control.
En la otra, se cierran persianas, se vacían aulas, se recortan pensiones y se vuelve costumbre algo que nunca debería serlo: que el Estado le suelte la mano al que menos tiene.

El gobierno de Javier Milei eligió claramente de qué lado pararse. Del lado de la planilla. No del lado del país.


La recesión que no aparece… en las estadísticas

En estas semanas, el Gobierno se aferró a un dato: un rebote técnico en la actividad económica que, gracias a correcciones “oportunas” hacia atrás, permite decir que no hay recesión. Lo notable no es el dato en sí, sino el uso político: se lo presenta como prueba de éxito, casi como una epopeya.

Mientras tanto, cualquier pyme, comercio de barrio o profesional independiente podría describir otra escena:

  • Menos ventas.
  • Menos empleo.
  • Más gente agarrada de cuotas, tarjetas y changas para llegar a fin de mes.

La economía real está en terapia, pero el Gobierno celebra porque en una columna del Excel apareció un “+0,5%”. No discute por qué se produjo, ni quién se benefició, ni qué sectores siguen en el piso. Lo importante es la foto que le permite decir en televisión: “ven, no hay recesión”.

La política económica reducida a una negación semántica: si no se nombra, no existe.


Inflación: la victoria vacía

Sí, la inflación bajó. Nadie con honestidad intelectual puede negarlo.
Pero también hay que decir todo lo demás: bajó después de haberse disparado con una devaluación brutal y una licuación histórica de salarios, jubilaciones e ingresos fijos. No es un logro limpio, es una calma comprada a fuerza de empobrecer a la mayoría de golpe.

El Gobierno se muestra orgulloso de una inflación más baja, como si fuera un mérito en sí mismo, sin admitir el costo:

  • Jubilados que cobran montos que ofenden.
  • Salarios que nunca terminaron de empatar lo que se perdió.
  • Tarifas reventadas a nombre de la “sinceridad” mientras se mantienen privilegios selectivos en otros rincones del Estado.

Ordenar la macro a los tiros y después mostrar el cadáver como prueba del éxito no es un modelo económico. Es una confesión.


El ajuste donde duele: discapacidad, cultura, educación

La vara moral de un gobierno no se mide en sus metáforas libertarias, sino en a quién decide ajustar primero.

En estos meses hubo algo que se repitió demasiado:

  • Pensiones por discapacidad dadas de baja de forma masiva.
  • Familias obligadas a judicializar lo obvio: que un chico con certificado, un adulto con dependencia o una persona con enfermedad crónica no pueden ser tratados como un renglón prescindible.
  • Organismos que deberían proteger, convertidos en oficinas de recorte.

Lo mismo pasó con cultura y educación: se cortaron programas, se desfinanciaron espacios, se degradó la idea misma de lo público. Todo envuelto en la coartada de siempre: “no hay plata”.
El problema no es reconocer que los recursos son finitos; el problema es dónde se pone la tijera primero. Y este gobierno eligió empezar siempre por el lado más débil de la soga.

Eso no es liberalismo. Eso es un orden moral muy claro: el fuerte se salva como puede, el débil que vaya a la Justicia, si le da el cuerpo y el bolsillo.


Los dólares que se fugan por la puerta del aeropuerto

Mientras se predica sacrificio, se permitió otra dinámica silenciosa: el turismo al exterior transformado en drenaje de divisas. Con un tipo de cambio atractivo para el que puede pagarlo, se volvió a llenar de valijas el aeropuerto hacia afuera y se vació el flujo de turistas que traen dólares hacia adentro.

La consecuencia es simple:

  • Lo que gasta un argentino afuera cuenta como salida de divisas.
  • Lo que gasta un extranjero acá, como entrada.

Si cada vez salen más y entran menos, no hace falta un tratado de economía para entender el resultado: menos dólares en la casa, más vulnerabilidad frente a cualquier sacudón.

El discurso oficial, sin embargo, muestra otra cara: “la gente vuelve a viajar, la libertad recuperada”. Libertad selectiva, claro. El que no llega a la mitad de la canasta básica no está discutiendo si veranea dentro o fuera del país: está discutiendo si llega a diciembre con la heladera llena.


La ilusión del “shock ordenador”

Milei vendió una idea potente: llegar, hacer el ajuste que nadie se animó a hacer, ordenar la economía y dejar un país más sano.
Dos años después, la sensación es otra: el shock se volvió modo de gobierno, no etapa transitoria.

Se naturalizó:

  • Que se pierdan empresas como si fueran hojas de cálculo.
  • Que se achique el Estado sin un plan serio para sostener lo esencial.
  • Que se desarmen políticas de largo plazo, reemplazadas por el orgulloso “no hay plata”, como si la responsabilidad de gobernar fuera solo decir que no.

No hay proyecto de desarrollo, no hay política industrial, no hay mirada estratégica sobre ciencia, tecnología o educación. Solo hay un credo repetido: “el mercado se va a encargar”.

Pero el mercado no cuida a un chico con discapacidad, no abraza a un jubilado que cobra miseria, no defiende la escuela de barrio cuando se cae el techo. Eso, en cualquier país que pretenda llamarse serio, es responsabilidad indelegable del Estado.


Conservadores sin república

Muchos votaron a Milei con la fantasía de un orden nuevo: menos corrupción, menos privilegios, más respeto por la ley.
Lo que encontramos, en cambio, es un poder que:

  • Desprecia a los periodistas críticos.
  • Hostiga a la justicia cuando no le gusta un fallo.
  • Gobernó largos tramos a fuerza de decretos y peleas públicas, en lugar de construir consensos mínimos.

Se jura defender la república, pero se la usa como escenografía.
Se invoca la Constitución, pero se la saltea cuando molesta.
Se habla de libertad, pero se mira para otro lado cuando los más débiles pierden las pocas libertades concretas que les quedaban.

Eso, desde una mirada tradicional y conservadora, es inaceptable. No hay “orden” posible sobre un país donde el Estado se borra de sus funciones básicas y se limita a mirar planillas.


27 de noviembre de 2025: decidir de qué lado estamos

Hoy, 27 de noviembre de 2025, el Gobierno puede repetir que:

  • La inflación es más baja.
  • El índice de actividad “no marca recesión”.
  • Los mercados “nos ven mejor”.

Todo eso puede ser parcialmente cierto.
Pero también es cierto que:

  • Se destruyeron miles de puestos de trabajo formales.
  • Cerraron empresas que no van a volver a abrir.
  • Se ajustó sobre personas con discapacidad, jubilados y sectores sin capacidad de defensa.
  • Se desarmaron políticas públicas que llevaban años de construcción.

La pregunta de fondo no es económica, es moral:
¿aceptamos que un gobierno mida su éxito solo por los números que le convienen, aun cuando la realidad diaria cuente otra cosa?

Un país adulto no puede contentarse con que la macro “cierre” si eso se hace a costa de dejar a medio pueblo afuera. La tarea de quien gobierna no es ganar la discusión en redes, ni imponer un relato único, ni maquillar estadísticas: es sostener un piso de dignidad para todos, incluso —y sobre todo— para los que no lo votaron.

Si el proyecto oficial se agota en mostrar gráficos mientras el tejido social se deshilacha, entonces no es un plan de reconstrucción. Es una retirada.

Y frente a eso, el silencio también toma partido.Pensando

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Francisco Sciaky

Periodismo

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