Cincuenta años: la memoria no negocia
Hay aniversarios que no admiten distancia.
El de este 24 de marzo —cincuenta años del golpe— no es una efeméride: es un examen moral. Porque la Argentina no está discutiendo el pasado. Está decidiendo si lo honra o lo vacía de sentido.
Mientras miles vuelven a ocupar la calle con una consigna que atraviesa generaciones —“que digan dónde están”— , desde el poder se insiste en relativizar, en discutir números, en reinstalar teorías que ya fueron refutadas por la historia y por la justicia. No es un detalle menor. Es un síntoma.
Los treinta mil desaparecidos no son una cifra sujeta a revisión oportunista. Son el símbolo de un plan sistemático de exterminio. Discutir el número es, en el fondo, discutir la magnitud del crimen. Y quien reduce el crimen, reduce la responsabilidad.No hay aquí un terreno neutral.
La última dictadura cívico-militar no fue un exceso ni una desviación. Fue un proyecto político, económico y social que necesitó del terror para imponerse. No se trató solo de eliminar opositores: se trató de desarticular una sociedad, de quebrar vínculos, de instalar el miedo como forma de organización.
Y ese proyecto —esto incomoda decirlo— no terminó del todo en 1983. Sus lógicas, sus beneficiarios y algunas de sus ideas sobreviven, recicladas, en discursos que buscan naturalizar el ajuste, la desigualdad y la deshumanización. Ahí es donde el presente irrumpe con fuerza.
El gobierno de Javier Milei no solo ha mostrado una distancia preocupante respecto de las políticas de memoria: ha impulsado, directa o indirectamente, un clima donde el negacionismo encuentra aire. La apelación a la “memoria completa”, la puesta en duda de consensos básicos y el desfinanciamiento de organismos vinculados a los derechos humanos no son gestos aislados. Son definiciones. Y frente a eso, la respuesta no puede ser tibia.
Porque si algo enseñaron las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas de Plaza de Mayo y HIJOS es que la memoria no es un ejercicio conmemorativo: es una práctica activa, incómoda, persistente.
Las Madres caminaron cuando el terror imponía silencio.
Las Abuelas buscaron cuando todo parecía perdido.
HIJOS creció con la certeza de que la historia no se clausura.
No lo hicieron desde el poder, sino contra él. No desde la comodidad, sino desde la intemperie. En ese gesto construyeron algo más profundo que una consigna: construyeron un piso ético para la democracia argentina.
Cada nieto recuperado por las Abuelas es una victoria contra el intento de borrar identidades. Cada ronda de las Madres es una forma de recordarle al Estado que hay crímenes que no prescriben. Cada acción de HIJOS es una afirmación de que el pasado sigue latiendo en el presente.
Por eso incomoda tanto.
Porque la memoria, cuando es verdadera, no se deja domesticar. No acepta equivalencias fáciles ni relatos edulcorados. No permite que se equipare el terrorismo de Estado con cualquier otra forma de violencia. Y sobre todo, no se adapta al clima político de turno.
Hoy, a cincuenta años, la discusión de fondo es más simple —y más dura— de lo que parece:
¿la Argentina sostiene ese piso ético o empieza a erosionarlo?
No alcanza con decir “Nunca Más” si, al mismo tiempo, se tolera que se pongan en duda sus fundamentos. No alcanza con recordar si no se defiende lo recordado. Cincuenta años después, el país vuelve a mirarse al espejo.
Y el reflejo es claro:
de un lado, quienes insisten en la verdad, en la búsqueda, en la dignidad.
Del otro, quienes pretenden relativizar, cansar, diluir.
No es una discusión técnica.
Es una elección.
Y en esa elección, no hay lugar para la ambigüedad.
