Adorni y la soberbia
Cuando un funcionario confunde control público con una ofensa personal
Manuel Adorni habló este miércoles en la Casa Rosada, pero no para aclarar las dudas sobre su patrimonio y el viaje a Punta del Este: habló para dejar en claro algo más grave. Que para este Gobierno, rendir cuentas ante la prensa parece una humillación. “Vos no sos juez, sos periodista”, lanzó. Y remató con una frase que retrata una forma de ejercer el poder: “Yo hago lo que quiero con mi dinero, ganado legítimamente”. También insistió en que el viaje “lo pagó” y que no daría más precisiones por la existencia de causas judiciales en trámite.
El problema no es que un funcionario tenga plata, viaje o se tome vacaciones. El problema aparece cuando sobre ese funcionario pesan preguntas concretas sobre su declaración jurada, sobre propiedades que no terminan de encajar con la información pública disponible y sobre un vuelo privado a Punta del Este cuya trazabilidad del dinero ya está bajo investigación judicial. De hecho, en esa causa el juez Ariel Lijo ordenó reconstruir el circuito de los fondos con los que se abonó el traslado y el fiscal pidió avanzar sobre documentación contable y bancaria para determinar quién pagó realmente.
Lo más preocupante, sin embargo, no fue la falta de respuestas sino el tono. Adorni no se mostró como un funcionario dispuesto a explicar; se mostró como un hombre irritado porque alguien osa preguntarle. No vio en el periodismo un contrapeso republicano, sino una molestia. Y eso, en cualquier democracia seria, debería encender alarmas. Porque los periodistas no están para pedir permiso: están para preguntar. Y los funcionarios no están para sentirse ofendidos: están para responder.
La frase “con mi dinero hago lo que quiero” puede sonar desafiante en una sobremesa, pero es inadmisible en boca de un jefe de Gabinete cercado por cuestionamientos públicos y judiciales. Mucho más cuando, en la misma conferencia, sostuvo que no veía “ningún tipo de incompatibilidad, menos de dádiva” en torno al vuelo a Punta del Este. No alcanza con declamar inocencia: cuando hay sospechas, la carga política no se resuelve con bravatas, sino con documentos, precisiones y transparencia.
El mileísmo llegó al poder prometiendo una vara moral distinta, una limpieza feroz contra la casta y una ética supuestamente superior. Pero cuando uno de sus principales funcionarios queda bajo la lupa, la respuesta no es la claridad sino el desprecio; no es la explicación sino el ataque; no es la humildad institucional sino la soberbia. Hasta el propio Adorni se atrevió a decir que “ningún otro gobierno sostuvo una vara tan alta como la nuestra”. El problema es que una vara moral no se mide por los slogans que repite un funcionario, sino por su disposición a ser controlado sin patalear.
En el fondo, lo de hoy no fue una conferencia de prensa: fue una escena de impunidad verbal. Adorni no despejó las dudas. Las agrandó. No defendió la investidura. La rebajó. Porque cada vez que un funcionario trata al periodismo como si fuera un intruso, lo que en verdad está diciendo es otra cosa: que el poder, cuando se siente incómodo, prefiere el silencio, la prepotencia y el atril antes que la verdad.
