A 50 años del golpe: la memoria como deber, no como consigna
Hay fechas que no se archivan. Quedan, como una marca persistente, recordándonos que lo que ocurrió no pertenece del todo al pasado. A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la Argentina no sólo recuerda: se examina. Y ese examen no es cómodo.
Fueron 30.000. No como consigna repetida sin pensar, sino como límite moral. Treinta mil mujeres y hombres secuestrados, desaparecidos, arrancados de su historia. Hubo centros clandestinos, vuelos de la muerte, tortura sistemática, identidades robadas.
Eso está claro. O debería estarlo.
Pero detenerse únicamente en la enumeración del horror —aunque sea imprescindible— es quedarse a mitad de camino. Porque la dictadura no fue sólo represión: fue un proyecto político, social y económico. No actuó en el vacío. Tuvo objetivos, beneficiarios, condiciones que la hicieron posible.
Conviene hacerse preguntas incómodas: ¿por qué ese nivel de violencia? ¿contra quiénes se ejerció principalmente? ¿qué se buscaba desarticular?
No fue indiscriminado. Gran parte de las víctimas eran trabajadores organizados, delegados sindicales, estudiantes, militantes. Personas que, de una u otra manera, participaban de una sociedad en movimiento, con conflictos, sí, pero también con disputas por derechos y por distribución. El terror no fue un exceso: fue un método para disciplinar.
Y ahí aparece un punto que suele esquivarse: la dimensión económica. La dictadura no sólo eliminó personas, también reconfiguró el país. Apertura, endeudamiento, debilitamiento del trabajo, concentración. No fueron errores. Fueron decisiones.
Ahora bien, cuidado con la simplificación. Decir que todo lo que vino después es idéntico es intelectualmente pobre. Pero negar cualquier continuidad también lo es. La historia no se repite como copia, pero tampoco empieza de cero cada vez.
Las políticas económicas que privilegian a unos pocos, que erosionan el trabajo, que debilitan el entramado productivo, no nacen de la nada. Tienen antecedentes, lógicas, intereses que atraviesan el tiempo. Discutir eso no es exagerar: es intentar entender.
Frente a ese pasado, hubo quienes eligieron no resignarse. Las Abuelas de Plaza de Mayo no sólo buscaron a sus nietos: construyeron un modo de resistir al olvido. Transformaron la ausencia en una tarea. Persistieron cuando todo invitaba a abandonar.
Cada nieto recuperado no es sólo una historia individual: es una prueba concreta de que la verdad puede abrirse paso incluso décadas después. Es, también, una advertencia: hay daños que no se reparan del todo, pero sí pueden enfrentarse con dignidad.
Ahora bien, hay algo que incomoda decir: la memoria puede volverse automática. Puede transformarse en un ritual vacío, en una repetición sin reflexión. Y cuando eso pasa, pierde fuerza.
Recordar no es repetir palabras. Es entender lo que esas palabras implican.
El “Nunca Más” no nació como una consigna liviana. Fue una decisión colectiva después de mirar de frente el horror. Pero si se lo reduce a una frase que no se interroga, corre el riesgo de vaciarse.
Por eso, a cincuenta años, el desafío es más exigente: sostener la memoria con contenido. No sólo rechazar el negacionismo —que vuelve, a veces de manera brutal, a veces disfrazado— sino también evitar la comodidad de una memoria sin preguntas.
Porque el peligro no es sólo que alguien niegue lo que pasó. El peligro es que dejemos de entender por qué pasó.
Treinta mil desaparecidos no es una cifra negociable. Es un límite.
Un límite que dice que el Estado no puede volverse contra su pueblo. Que la violencia no puede ser método. Que la identidad no puede ser robada. Que la economía no puede organizarse a costa de destruir vidas.
A cincuenta años del golpe, la Argentina sigue discutiendo su pasado. Tal vez eso sea inevitable. Tal vez incluso sea sano. Pero hay discusiones que no deberían volver a abrirse.
Porque cuando todo se vuelve relativo, lo que está en riesgo no es la historia: es el presente.
La memoria no es un acto del pasado. Es una responsabilidad activa.
Nunca más.
