Más de un millón de personas despidieron al Indio en Villa Domínico

Más de un millón de personas despidieron al Indio en Villa Domínico

Una multitud acompañó el último adiós a Carlos Alberto “Indio” Solari en el Polideportivo Gatica de Avellaneda. La ceremonia concluyó este lunes por la mañana, bajo la lluvia, después de más de 18 horas de peregrinación ininterrumpida. Según estimaciones de la organización, más de un millón de personas se acercaron a Villa Domínico y alrededor de medio millón logró ingresar al predio para despedirse frente al féretro.

El cierre fue anunciado por la familia a través de un comunicado cargado de emoción: “La lluvia nos manda a todos a casita, a seguir penando por dentro y a recordarlo como era: humano, infinito”. La frase condensó el espíritu de una jornada atravesada por el dolor, la gratitud y una devoción popular difícil de comparar con cualquier otro fenómeno cultural argentino.

La despedida comenzó antes de lo previsto. La cantidad de gente que se acercaba al lugar obligó a adelantar el inicio de la ceremonia. Durante distintos momentos del día, la fila llegó a extenderse por decenas de cuadras, con una espera que podía superar las cuatro horas. Sin embargo, pese a la magnitud de la convocatoria, el comportamiento de los asistentes fue ordenado y no se registraron incidentes de gravedad.

El lugar elegido tuvo una carga simbólica evidente. El último adiós no se realizó en un edificio oficial nacional, sino en un polideportivo de Avellaneda, rodeado por un parque que lleva el nombre de Los Derechos del Trabajador. Para muchos de los presentes, esa elección resultó coherente con la historia del Indio, con su vínculo con los sectores populares y con una obra artística que siempre encontró eco lejos de los salones del poder.

La organización quedó finalmente en manos del gobierno bonaerense y del municipio de Avellaneda, luego de varias conversaciones entre la familia, dirigentes políticos y autoridades locales. El operativo incluyó más de 1500 efectivos de la Policía Bonaerense, postas sanitarias, ambulancias medicalizadas, promotores de salud, bomberos y voluntarios distribuidos en la zona.

También permanecieron en alerta hospitales cercanos como el Fiorito, el Presidente Perón, el Eduardo Wilde y la UPA 2 de Avellaneda, aunque el dispositivo sanitario no debió enfrentar situaciones críticas. El dato más relevante fue, justamente, la tranquilidad con la que se desarrolló una movilización de dimensiones excepcionales.

El ingreso se organizó por la zona de avenida Mitre y General Otero. Una vez que los fanáticos pasaban frente al féretro, salían nuevamente hacia Mitre en dirección a Wilde. El recorrido permitió mantener el flujo de personas durante toda la jornada y evitó grandes embotellamientos dentro del predio.

Hubo banderas, flores, remeras, pañuelos, carteles y objetos personales dejados como ofrenda. También hubo llanto, abrazos, canciones y silencios. En los alrededores, la despedida tuvo momentos de celebración ricotera, con recuerdos de recitales, frases compartidas y vendedores ambulantes ofreciendo comida y merchandising. Más cerca del féretro, el clima cambiaba: la fiesta dejaba paso al recogimiento.

La familia había pedido paciencia, respeto y cuidado mutuo. Los seguidores respondieron con una conducta que recordó una vieja regla no escrita de los recitales ricoteros: si alguien se cae, se lo levanta. Esa forma de comunidad volvió a verse en Villa Domínico, en una despedida donde la multitud funcionó con una disciplina espontánea, sin necesidad de un despliegue represivo ni de vallados excesivos.

La jornada también tuvo una lectura política inevitable. Muchos asistentes expresaron críticas al Gobierno nacional y cuestionaron la falta de una respuesta institucional acorde a la magnitud del acontecimiento. Frente a ese vacío, la provincia y el municipio asumieron la organización de un evento que terminó convirtiéndose en una de las ceremonias populares más grandes de los últimos años.

La lluvia terminó de darle a la escena un tono casi cinematográfico. El cielo gris, las calles mojadas y los miles de fanáticos retirándose lentamente parecían prolongar el duelo colectivo. La familia lo resumió con una frase que quedó flotando como despedida y mandato: “Que su música no pare nunca más”.

El Indio fue despedido como lo que fue para varias generaciones: no solo un músico, sino una forma de pertenencia. Un artista capaz de convertir canciones en refugio, recitales en rituales y multitudes en comunidad. Villa Domínico fue, por unas horas, el centro emocional de un país que todavía sabe reunirse para llorar a los suyos.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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