Adorni en Nueva York: la casta viaja en avión oficial y sermonea sobre austeridad
En el Gobierno de Javier Milei la palabra “casta” se usa como un látigo moral. Sirve para señalar al otro, para construir superioridad, para vender una épica de pureza administrativa. Pero en Nueva York, esa retórica volvió a chocar contra la realidad: Manuel Adorni, hoy jefe de Gabinete, quedó envuelto en una fuerte polémica luego de que se conociera que su esposa, Bettina Angeletti, viajó junto a la comitiva oficial a Estados Unidos en el marco de la Argentina Week 2026.
La gira no fue menor. La Argentina Week se desarrolló entre el 9 y el 12 de marzo en Nueva York, con actividades en el Consulado argentino y en sedes de grandes jugadores financieros como JPMorgan y Bank of America. El propio Gobierno presentó el evento como una vidriera para empresarios, banqueros e inversores, y Adorni tuvo un papel central: abrió la agenda con palabras de bienvenida y participó de reuniones y cierres políticos del road show oficial.
El problema no es que un funcionario viaje. El problema es la obscenidad del doble discurso. Apenas unos días antes, el 3 de marzo, una decisión administrativa firmada por Adorni reforzó el criterio de austeridad en los viajes oficiales: las comitivas al exterior quedaron limitadas a un funcionario o una autoridad por cada evento o actividad internacional. El texto fue presentado como una señal de recorte, eficiencia y orden. Y, sin embargo, la escena que terminó dominando la gira fue otra: la del funcionario que predica poda, pero acomoda privilegios cuando le toca a él.
La controversia escaló cuando Adorni no negó nada y eligió justificarse con una frase que resume mejor que cualquier editorial el espíritu de época: dijo que iba “una semana a deslomarse” en Nueva York y que quería que su esposa lo acompañara. También sostuvo que su presencia “no le saca un peso al Estado”, que ella tenía un pasaje previo y que sus gastos corrían por cuenta propia. Pero aun si esa defensa fuera estrictamente cierta, no despeja la cuestión de fondo: el uso de un avión oficial no se mide sólo por el costo marginal de una butaca, sino por el criterio político y ético con el que se administra lo público.
Porque la austeridad, cuando es seria, no se declama: se practica. Un gobierno que hizo del ajuste una doctrina, que les pide sacrificios permanentes a jubilados, trabajadores y universidades, no puede actuar como si las comodidades personales de un alto funcionario fueran un detalle menor. La vara que se aplica para abajo no puede aflojarse cuando empieza el viaje de los propios. Ahí se rompe el relato. Y cuando el relato se rompe, aparece lo que el oficialismo más detesta: la sospecha de que la “nueva política” se parece demasiado a la vieja, sólo que con mejor marketing.
Por eso el episodio ya salió del terreno de la anécdota. En el Congreso, el diputado Esteban Paulón presentó un pedido de informes para que el Poder Ejecutivo detalle si Angeletti integró formalmente la comitiva y quién cubrió los gastos del traslado. A la vez, diputados de Unión por la Patria impulsaron un pedido de interpelación contra Adorni por “presuntas irregularidades en el uso de bienes del Estado y fondos públicos”. Es decir: la incomodidad política ya no es sólo mediática; se volvió institucional.
Hay además un detalle que vuelve el cuadro todavía más áspero. La gira a Nueva York fue presentada por la Casa Rosada como una misión para atraer inversiones y exhibir a la Argentina ante Wall Street. Sin embargo, la noticia que terminó capturando la atención no fue una lluvia de dólares, ni un anuncio decisivo, ni un gesto de respaldo histórico del mercado. Fue la foto de la esposa del jefe de Gabinete en medio de la comitiva y la explicación improvisada de un funcionario que, durante meses, construyó su perfil público denunciando privilegios ajenos.
En política, a veces un episodio menor desnuda una verdad mayor. Lo de Adorni en Nueva York no parece, por ahora, el gran escándalo del año. Pero sí funciona como síntoma. Muestra a un gobierno que convirtió la austeridad en religión para los demás y en argumento flexible para sí mismo. Muestra también a un vocero devenido jefe de Gabinete que, cuando le tocó administrar poder real, dejó de hablar como fiscal de la república y empezó a sonar como cualquier funcionario clásico: justificando lo propio, relativizando el privilegio y esperando que la indignación dure poco.
No es un detalle. Es una postal. Y en esa postal, la casta no desapareció: se subió al avión.
