Adorni fue al Congreso, pero el Gobierno sigue sin responder lo esencial
Manuel Adorni llegó este miércoles 29 de abril al Congreso para presentar su informe de gestión como jefe de Gabinete, pero la escena terminó mostrando algo más que un trámite institucional: expuso a un Gobierno que habla mucho de transparencia, pero que se incomoda cuando la transparencia debe aplicarse sobre sus propios funcionarios.
La exposición estuvo atravesada por las denuncias y sospechas sobre su patrimonio, sus viajes, sus gastos y los presuntos vínculos con contrataciones estatales. Adorni negó irregularidades y afirmó: “No cometí ningún delito y voy a probarlo en la Justicia”. También dijo que sus viajes familiares fueron pagados por él y que su declaración jurada aclarará su situación patrimonial cuando corresponda.
El problema no es solo judicial. Es político. Un jefe de Gabinete no puede refugiarse únicamente en la frase “lo resolverá la Justicia” cuando está sentado frente al Congreso para rendir cuentas. La legalidad es el piso, no el techo. A un funcionario público también se le exige explicación, sobriedad, coherencia y autoridad moral. Más todavía cuando forma parte de un Gobierno que llegó al poder prometiendo terminar con “la casta”.
La jornada tuvo además un fuerte gesto de blindaje oficial. Javier Milei asistió al Congreso junto con su Gabinete ampliado para acompañar a Adorni durante la presentación. La Casa Rosada lo comunicó como una señal de respaldo político. Pero ese apoyo, lejos de fortalecer la imagen institucional, dejó otra lectura posible: el Presidente no fue a escuchar al Congreso, fue a proteger a uno de los suyos.
Adorni intentó transformar una sesión de control parlamentario en una defensa personal y en una reivindicación del rumbo oficial. Según Infobae, el diputado Esteban Paulón calificó la exposición como “una oda a Javier Milei” y sostuvo que el informe fue incompleto: de miles de preguntas elevadas por la oposición, el Poder Ejecutivo respondió solo una parte.
Ahí aparece el punto central: el Congreso no es un escenario para aplaudir funcionarios, sino un ámbito de control. Y el jefe de Gabinete no va a Diputados a hacer campaña, ni a victimizarse, ni a repetir consignas libertarias. Va a responder. Va a explicar. Va a rendir cuentas. Esa es la diferencia entre una república y una puesta en escena.
El Gobierno de Milei construyó buena parte de su identidad pública sobre la denuncia moral contra los privilegios ajenos. Pero cuando las preguntas apuntan hacia adentro, la vara parece volverse más flexible. Lo que antes era “casta”, ahora es “vida privada”. Lo que antes era sospecha suficiente para condenar públicamente a otros, ahora se convierte en una cuestión que debe esperar los tiempos judiciales.
La contradicción es evidente. Si Adorni no cometió delito, tendrá derecho a defenderse. Pero si el Gobierno quiere sostener su discurso anticasta, no alcanza con negar delitos: debe demostrar que no reproduce los mismos mecanismos de opacidad, privilegio y arrogancia que decía venir a combatir.
La exposición en Diputados dejó una postal incómoda para el oficialismo: un jefe de Gabinete investigado, un Presidente actuando como guardaespaldas político y un Congreso obligado a recordarle al poder que rendir cuentas no es una humillación. Es la democracia funcionando.
