Una sociedad cansada
La Argentina de hoy no está rota solamente por la economía. También está cansada, irritada y sola. Hay una fatiga social que no entra en las estadísticas: gente que duerme mal, que vive acelerada, que responde peor, que se siente en peligro aunque esté en su casa, que discute por todo y que ya no encuentra descanso ni en los vínculos. Se habla mucho de inflación, de dólar, de tarifas, de política, pero bastante menos de este desgaste cotidiano que va vaciando a las personas por dentro. Y cuando una sociedad se agota emocionalmente, se vuelve más cruel, más impulsiva y más fácil de manipular.
Se naturalizó una forma de vivir en estado de amenaza. Todo parece urgente, todo parece definitivo, todo parece una batalla. Las redes sociales empeoran ese clima: premian la reacción antes que la reflexión, el escándalo antes que el argumento, la humillación antes que el debate. La persona que duda queda como débil; la que grita, gana. Y así se va armando una cultura donde pensar cuesta más que atacar. No es casual que cada vez haya más violencia verbal, más ansiedad, más dificultad para escuchar y menos paciencia para los matices. Una sociedad que pierde el matiz empieza a perder también la inteligencia.
En ese contexto, la soledad se volvió una epidemia silenciosa. Hay más contacto, pero menos encuentro. Más mensajes, pero menos conversación real. Más exposición, pero menos intimidad. Mucha gente está rodeada de estímulos y, al mismo tiempo, profundamente sola. Y no hablamos solo de personas mayores: pasa en jóvenes, en adultos, en parejas, en grupos de amigos. Se comparte contenido todo el día, pero cuesta compartir angustia sin sentir vergüenza. Se muestra una vida editada mientras por dentro se sostiene como se puede. Esa distancia entre lo que se muestra y lo que se vive genera una presión enorme.
También se volvió habitual una lógica de descarte en los vínculos. Si algo incomoda, se bloquea. Si alguien falla, se cancela. Si una relación exige trabajo, se abandona. Claro que hay que poner límites y cuidarse, pero otra cosa es convertir cualquier incomodidad en motivo de expulsión. Una sociedad no se construye solo con derechos individuales; también necesita tolerancia, paciencia, responsabilidad afectiva y capacidad de reparar. Sin eso, no hay comunidad: hay apenas coexistencia nerviosa.
La salud mental aparece entonces como tema central, pero muchas veces tratada con superficialidad. Se la menciona en campañas, en posteos, en consignas lindas, pero después faltan espacios, tiempo, atención profesional y una cultura menos punitiva para quien está mal. Decir “pedí ayuda” está bien; construir condiciones para que esa ayuda exista y sea accesible está mejor. Y además hay que decir algo incómodo: no todo se resuelve con frases motivacionales. A veces hace falta tratamiento, disciplina, cambios de rutina, límites, acompañamiento real y decisiones difíciles. El bienestar no llega por inspiración; se trabaja.
Hay, además, una pérdida de hábitos que antes ordenaban la vida social. Comer juntos, visitar a los mayores, sostener conversaciones largas, participar en instituciones, leer con atención, tener horarios, cumplir una palabra. Puede sonar antiguo, pero muchas de esas costumbres no eran “formalidades vacías”: eran estructuras de cuidado. Daban pertenencia, transmitían valores y ponían freno al puro impulso. Cuando todo eso se debilita, queda más libertad, sí, pero también más intemperie. Y no toda libertad sin marco libera: a veces desorganiza.
Por eso, discutir sociedad hoy no debería ser solo opinar sobre tendencias o indignarse con lo que pasa en internet. Debería ser preguntarnos qué tipo de convivencia estamos construyendo. Si queremos una vida común basada en el cinismo, la reacción y el sálvese quien pueda, o si todavía creemos en algo más exigente y más humano: respeto, esfuerzo, palabra, cuidado, límites y comunidad. No es un debate abstracto. Se juega en cómo hablamos, cómo tratamos al otro, cómo criamos, cómo consumimos información y cómo respondemos cuando alguien cerca nuestro se está cayendo.
Una sociedad no se hunde de golpe; se erosiona en lo pequeño. En la burla fácil, en la indiferencia, en el “no es mi problema”, en el vínculo usado y descartado, en la incapacidad de escuchar. Pero también puede recomponerse de a poco, con gestos concretos, con hábitos, con responsabilidad y con una idea simple que hoy parece revolucionaria: el otro no es un estorbo ni un enemigo, es parte de la trama que también nos sostiene a nosotros. Si se rompe esa trama, no gana nadie. Y si se repara, aunque sea despacio, todavía hay futuro.
