Una ciudad partida, una derecha mutada y ausentismo

El resultado de las elecciones legislativas en la Ciudad de Buenos Aires es, más que un nuevo reparto de bancas, una radiografía política de época: el PRO fue desplazado a un tercer lugar humillante, el oficialismo libertario ganó sin arrasar, el peronismo resistió mejor de lo esperado y, sobre todo, casi la mitad de los porteños no fue a votar.

Ese último dato es, probablemente, el más inquietante. La participación apenas superó el 53%, transformando a la abstención en el verdadero ganador. No es apatía: es descreimiento activo, hartazgo. Como si una parte de la ciudadanía hubiera decidido que ninguna de las opciones en disputa merecía el esfuerzo de llegar al cuarto oscuro. En una ciudad híper politizada, informada y con voto obligatorio, el ausentismo roza niveles de 2001. Solo que esta vez no hubo cacerolas, ni votos impugnados con mensajes, ni viajes al kilómetro 501. Solo silencio.

En ese vacío, Manuel Adorni ganó con el 30,14%. No fue un triunfo abrumador, pero sí suficiente. Le sacó menos de tres puntos a Leandro Santoro, quien logró un digno 27,35%. Más abajo quedó el macrismo, con Silvia Lospennato en 15,9%, y Horacio Rodríguez Larreta todavía más lejos, apenas superando el 8%. Para un partido que gobernó la Ciudad durante 16 años, no ganar ni una sola comuna es una derrota estructural, no coyuntural.

Y es mucho más que eso: es simbólica. El PRO no solo perdió una elección. Perdió su bastión, su identidad y su electorado. En 2021, había ganado 14 de las 15 comunas porteñas. En 2025, no ganó ninguna. La Libertad Avanza se quedó con ocho, Santoro con las siete restantes. El macrismo se fue a dormir sin territorio ni relato.

No lo derrotó el peronismo. Lo vació Milei. Con una campaña tan elemental como efectiva, el oficialismo libertario convirtió a Adorni en el rostro de la motosierra porteña. No hizo falta que hablara de la Ciudad. Ni que fingiera interés local. Fue el candidato de Milei y punto. Aprovechó su visibilidad como vocero presidencial, nunca se tomó licencia, hizo campaña desde la Casa Rosada, y en plena veda anunció medidas con impacto directo en el bolsillo, como la baja de aranceles para celulares o cambios en la ley migratoria.

Al mismo tiempo, el mileísmo se movió con comodidad en su hábitat favorito: las redes sociales. Difundieron un video generado con inteligencia artificial en el que Macri supuestamente bajaba la candidatura de Lospennato. Un golpe artero, eficaz y viral. La justicia reaccionó tarde. El daño ya estaba hecho. El electorado del PRO, harto y confundido, emigró en masa al voto libertario.

Mauricio Macri, que alguna vez fue el dueño absoluto de este distrito, sufrió su peor derrota política desde que existe como figura pública. No supo –o no quiso– marcar una diferencia clara con Milei. Lo apoyó en el Congreso, lo respaldó en el balotaje, y cuando intentó recuperar el control del partido, ya era tarde. Como advirtió la analista Julieta Waisgold, “habló con un tono solemne, institucional, sin lograr conectar con su electorado”. El PRO se vació sin resistencia.

Del otro lado, Santoro hizo una elección sólida. En un distrito históricamente hostil al peronismo, se plantó sin esconderse, pero sin agitar fantasmas. No mencionó a Cristina Kirchner. No cargó con el lastre simbólico del kirchnerismo clásico. Se mostró como una opción progresista, porteña, crítica de Milei pero no atrapada en el pasado. En el sur de la ciudad, ganó con claridad. En un contexto nacional adverso, posicionarse segundo y con 10 bancas es mucho más que un consuelo.

Eso sí: la unidad del peronismo sigue siendo una cuenta pendiente. Si se hubiesen integrado listas como la de Principios y Valores o Seamos Libres, tal vez se hubiese podido pelear el primer lugar. Pero el peronismo es, también, su dificultad histórica para unificarse cuando importa.

Para Milei, el resultado es una convalidación parcial. No arrasó, pero sí logró lo que ningún otro: desplazar al macrismo en su propio bastión. La foto de Adorni festejando con cara de vocero eterno y sin decir una sola palabra sobre la Ciudad lo dice todo: no importa el contenido, importa la marca Milei. Aunque a nivel nacional los resultados no siempre le son tan favorables, el Gobierno sabe que, con esta victoria, gana aire para su proyecto de ajuste profundo.

El problema, claro, es que ese proyecto necesita cada vez más de la indiferencia social. Porque cuanto menos gente vote, más valor tiene el voto radicalizado. Cuanto más desconectados estén los barrios populares, menos obstáculos para el plan de demolición del Estado.

La pregunta, entonces, ya no es solo quién ganó. La pregunta es cuánta democracia queda cuando casi la mitad no vota. Cuánto de país queda por reconstruir cuando el norte pide motosierra, el sur resiste como puede, y el centro se retira en silencio.

Y si, más allá de las bancas y las alianzas, queda política para volver a convocar.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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