Por qué urge repensar la Argentina
Crece en amplios sectores sociales la indignación por las medidas del gobierno, que arremeten contra la sociedad en general. Bastaría con nombrar unos pocos ejemplos para entender la magnitud de su poder destructivo: salarios de miseria, mientras se discute el eventual cierre del Hospital Pediátrico Juan P. Garrahan; represión sistemática de la protesta de los jubilados todos los miércoles; vaciamiento del Conicet y de los organismos de ciencia y tecnología en nuestro país; precarización de la atención médica en el sector público; haberes de hambre para los jubilados; derogación encubierta del derecho de huelga, avalada por decreto.
El gobierno busca responsabilizar a la sociedad por su propio fracaso, pero la única culpa real la tiene Milei y su equipo, cuya incompetencia es manifiesta. (Igualmente no puedo olvidarme de los arrepentidos de Milei)
Cada decisión tomada no hace más que profundizar el deterioro; se insiste con las mismas herramientas que llevaron a desastres anteriores: Martínez de Hoz, Menem, Cavallo, De la Rúa y Macri dieron cuenta de la misma lógica. Insistir con las mismas fórmulas equivale a condenarse a repetir los mismos errores.
En esa lógica destructiva, el gobierno cree que derrumbar todo es el camino para construir una “nueva realidad” sobre las cenizas. Está infiltrado por un pensamiento de derecha caótica y tendenciosa, que valora antes los negocios que la cohesión social o los valores básicos de convivencia.
Es de esperar que, cuando este presidente (por el medio más indoloro que se acuerde) deje el poder, todo lo que fue destruido deba reponerse o reconstruirse. Seguramente recuperaremos los órganos estatales dedicados a la igualdad de género y a la lucha contra la discriminación; la inversión en ciencia y tecnología; la fortaleza del sistema de salud pública; y los salarios dignos y la protección de derechos laborales.
La experiencia histórica muestra que los valores morales y el progreso social no se borran del colectivo: tarde o temprano, la inercia del avance y la presión ciudadana los traerán de vuelta. Recordemos que el Estado de bienestar en Occidente nació después de dos guerras mundiales. Este gobierno, con su arremetida destructiva, solo es un intento fallido de reacción extrema.
Otra señal de los tiempos es el regreso de Cristina Fernández de Kirchner a la escena política. Su retorno, con frases tajantes y apariciones estelares, insiste en que el kirchnerismo no está acabado, aunque su poder se haya decolorado.
Hoy CFK no aspira a ser presidenta ni vicepresidenta: va por una banca de diputada bonaerense en la Tercera Sección, el bastión más populoso y fiel del conurbano sur y oeste. Esta decisión desafía el liderazgo alternativo que intenta construir su ex ahijado político, Axel Kicillof. Horas atrás, celebraban en ambos campamentos que Cristina y Kicillof hayan vuelto a hablar por teléfono tras meses de silencio, una señal de unidad ante la alianza LLA-PRO en la oposición.
Su reaparición televisiva en C5N tuvo buena audiencia (8 puntos de rating, unas 800 mil personas). El kirchnerismo mediático resaltó ese dato como ejemplo de que su influencia, aunque menguante, aún existe. Desde el antikirchnerismo, en cambio, se cree que su postulación busca fueros por posible condena judicial. La inscripción en las listas bonaerenses cierra el 19 de julio, y la presión de la Corte Suprema para ratificar la condena por corrupción podría impedirle ser candidata. Allí radica el misterio de su estrategia: ¿quiere mantenerse en el centro del escenario a como dé lugar? ¿Es una jugada táctica para recomponerse internamente o el ocaso de un ciclo político?
Cristina insiste en que la única forma de repensar el proyecto político es más allá de las elecciones. “Hay que pensar más allá de las urnas”, dijo el 25 de mayo, como si la paciencia y el tiempo fueran la receta mágica para que “la patria regrese”. Sin embargo, el contexto es implacable: si el peronismo pierde la provincia de Buenos Aires en octubre, la pregunta será ¿qué van a decirle a los más vulnerables cuando eso ocurra? Y lo más inquietante: ¿la patria regresa o estará condenada a no volver?
Axel Kicillof, al despegarse de CFK, buscó distanciarse de un liderazgo que ya no se sostiene en la opinión pública bonaerense. Pero hacerlo a través de adelantar elecciones puede no separarlo a ojos del electorado de manera efectiva; podría perder dos veces: el 7 de septiembre y el 26 de octubre, una derrota que marcaría un nuevo fracaso del progresismo en la provincia. Triste bisagra en una guerra de egos y discursos.
Mientras tanto, la derecha decreta su “motosierra” contra los organismos que protegen derechos y diversidad: discriminación, racismo o igualdad de género se convierten en víctimas del ajuste. Para ellos, el mercado es la única verdad; recortan presupuesto en nombre de la austeridad, pero de fondo buscan imponer un modelo de país financiado con la carga impositiva de “la gente”.
Sin embargo, el debate real no es “motosierra o Estado”. El verdadero proyecto de país que puede sacarnos del atraso es aquel que combine inversión privada con visión estratégica de largo plazo: ciencia propia (el CAREM, la IA y los chips made in Argentina), industria agrícola, automotriz y militar. No basta con recortar derechos: hace falta un plan que apueste al desarrollo nacional, sin depender de vender commodities o endeudarse sin fin.
En este escenario, la tensión entre neoliberalismo y asistencialismo socialdemócrata es solo un reflejo de un conflicto global: de un lado, quien cree que el mercado lo resolverá todo; del otro, quien defiende un Estado como garante de derechos. Aunque convendría superar ese falso dilema: el modelo sólido que necesitamos debe combinar lo mejor de ambos mundos, sin caer en dogmatismos.
En las redes y en la calle, la generación más joven exhibe su “cabeza quemada” y demuestra con frenético teclear que la polarización política urgente no les cabalga del mismo modo que a las generaciones anteriores. Sin embargo, esa intensidad digital choca contra una realidad que no cambia: miseria en Formosa, pobreza estructural, falta de oportunidades. ¿Cómo reconciliar esa febril actividad online con un país que aún no encuentra un rumbo claro?
Es fácil criticar el lenguaje inclusivo o rechazar la burocracia estatal, pero lo que no se puede olvidar es que la construcción de una sociedad más justa requiere algo más que consignas: implica transformar costumbres culturales y consolidar consensos. Mientras tanto, la “motosierra” que elimina organismos de derechos sociales ensancha la herida.
¿Cómo salir de este laberinto? El primer paso es reconocer que la unidad no se forja con mezquindades ni con discursos de resistencia en el aire. Es necesario repensar el rol de la política, la responsabilidad ciudadana y el tejido cultural que nos sostiene. La pregunta clave: ¿queremos volver a un Estado de bienestar que incluya ciencia, educación, salud y equidad, o resignarnos a un modelo que nos condena a ser meros exportadores de materias primas y de mano de obra barata?
En definitiva, estos son tiempos de repensarnos. Porque la patria regresa si y solo si somos capaces de reconstruirla entre todos, con un proyecto que vaya más allá de los egos políticos y los ajustes económicos. El futuro está en nuestra capacidad de soñar un país diferente y trabajar juntos para hacerlo realidad. La hermandad y la solidaridad serán el motor que logre sanar las heridas del pasado y poner a Argentina otra vez en pie.
