Llegar a octubre

Llegar a octubre

La derrota en la provincia de Buenos Aires trastocó la brújula política del oficialismo y abrió un escenario de desconcierto que ningún encuestador había anticipado. Lo que comenzó como una elección provincial anodina terminó convertido en un plebiscito nacional sobre Javier Milei y su programa económico. La diferencia de más de trece puntos a favor de Fuerza Patria dejó en evidencia que buena parte del voto libertario migró hacia la abstención, un silencio que habla más fuerte que cualquier oposición organizada.

La prensa internacional también tomó nota. El Washington Post habló de “duro revés”, el Financial Times advirtió sobre la presión creciente sobre Milei y su agenda de reformas, y El País de España tituló sin rodeos: “El peronismo arrasa en Buenos Aires y desafía la gobernabilidad de Milei”. No se trata solo de titulares: los mercados reaccionaron de inmediato, con una suba del dólar y caída de bonos, como anticipo de la incertidumbre que se abre camino hacia octubre. Si las encuestas erraron en Buenos Aires, ¿qué confianza merecen los pronósticos de victoria oficialista en las legislativas nacionales?

El oficialismo, lejos de mostrar autocrítica, ensayó una reacción defensiva. Milei reunió a su gabinete en Casa Rosada y, tras cuatro horas de deliberación, la gran novedad fue el anuncio de una “mesa política” integrada por los mismos nombres de siempre: Karina Milei, Guillermo Francos, Patricia Bullrich, Santiago Caputo, Martín Menem y Manuel Adorni. Más que un rediseño, un intento de mostrar movimiento donde no lo hay. Los gobernadores aliados y el PRO exigen otra cosa: participación real en la gestión y, en particular, el control del Ministerio del Interior como puente de negociación con las provincias. El reclamo es claro: “Las urnas hablaron, tienen que escuchar”.

Dentro del Gobierno, sin embargo, la orden es resistir. No habrá cambios de gabinete antes de octubre, para no dar señales de debilidad. Pero las presiones internas son cada vez más visibles. El armado electoral a cargo de Karina Milei y Lule Menem quedó bajo fuego, los radicales y varios intendentes bonaerenses recuerdan que fueron marginados de las listas y que, de haber sido incluidos, podrían haber achicado la derrota. Los socios amarillos hablan ya de “voluntad separatista” y ponen en duda incluso la continuidad del interbloque en Diputados. El poder libertario se resquebraja allí donde más prometía: en la capacidad de imponer una lógica vertical sin matices.

Mientras tanto, la oposición toma aire. Axel Kicillof emerge fortalecido, no solo por haber derrotado a Milei en la provincia más grande del país, sino también porque desobedeció el consejo de Cristina Kirchner, que había advertido que adelantar las elecciones era un error. El gobernador mostró instinto político y, con su victoria, empezó a tejer un liderazgo propio dentro del peronismo. Massa, cada vez más relegado, observa cómo otro auto lo pasa por la banquina. El mapa opositor se reorganiza, y el kirchnerismo, contra todos los pronósticos, encontró una nueva melodía en medio de la tormenta.

El trasfondo es económico y social. La fe en el sacrificio —la idea de aguantar el ajuste porque en algún futuro llegaría el alivio— se está agotando. Los índices de confianza en el Gobierno y en el consumo se desploman, y las huelgas sectoriales empiezan a brotar aun sin convocatoria sindical. Para quienes no llegan a fin de mes, la “verdad científica” del plan económico resulta indiferente. Allí se explica por qué el voto de Milei se disolvió en la abstención: no por convicción ideológica, sino por hartazgo. Como escribió Diego Sztulwark, dirige el malestar social, no la épica libertaria.

El problema para Milei es doble. Por un lado, necesita ganar las elecciones para sostener su programa económico, porque no hay plan que sobreviva sin legitimidad democrática. Por otro, debe contener a unos aliados que ya no se conforman con aplaudir desde la tribuna y reclaman ministerios clave. Entre la abstención que erosiona su base electoral y los reclamos internos que jaquean su verticalismo, el Presidente se enfrenta a un dilema: ceder o resistir. Lo que se defina en las próximas semanas marcará no solo el resultado de octubre, sino también la capacidad real de su gobierno para sobrevivir al malestar que hoy conduce la política argentina.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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