El IVA y las ventas en supermercados confirman el freno del consumo básico

El IVA y las ventas en supermercados confirman el freno del consumo básico

La recaudación del Impuesto al Valor Agregado volvió a mostrar que el mercado interno sigue debilitado. Aunque el Gobierno celebró en los últimos días una supuesta recuperación del consumo a partir de los datos del PBI de 2025, otros indicadores oficiales y privados cuentan una historia menos triunfalista: el IVA cayó en términos reales durante el año pasado y siguió retrocediendo en el inicio de 2026, mientras que las cadenas de supermercados advierten una fuerte baja en las ventas.

El contraste quedó en evidencia después de que Javier Milei presentara como uno de los grandes éxitos de su gestión el crecimiento de la actividad económica y, en particular, la mejora del consumo en el tramo final de 2025. Tras la difusión de las Cuentas Nacionales del cuarto trimestre, el Presidente celebró que la economía creciera 4,4 por ciento interanual y que el consumo avanzara 7,6 por ciento. Incluso aseguró en redes sociales que, en términos desestacionalizados, el PBI, el consumo privado y las exportaciones habían alcanzado niveles récord.

Pero esa lectura empieza a mostrar fisuras cuando se la contrasta con otros datos más pegados a la vida cotidiana. Uno de ellos es la evolución del IVA, un impuesto estrechamente vinculado al movimiento del consumo. De acuerdo con el especialista Nadin Argañaraz, la recaudación de ese tributo cayó 4 por ciento en términos reales durante 2025. Lejos de revertirse, la tendencia se profundizó en 2026: en el primer bimestre las caídas interanuales fueron del 12 y 13 por ciento, y en marzo volvió a registrarse una baja del 3,9 por ciento respecto del mismo mes del año anterior.

El dato no es menor. El IVA funciona como uno de los indicadores más concretos del gasto interno, especialmente del consumo masivo. Su retroceso sugiere que, más allá de las cifras agregadas que muestra la macroeconomía, la demanda cotidiana de bienes sigue resentida. Y no impacta de manera neutral: al tratarse de un impuesto que grava buena parte de los consumos corrientes, su peso recae con más fuerza sobre los sectores de menores ingresos, que destinan casi todo lo que ganan a cubrir gastos esenciales.

El economista Agustín Lodola, profesor de la Universidad Nacional de La Plata, explicó esa aparente contradicción entre el récord del consumo privado informado en las Cuentas Nacionales y la caída del IVA o de las ventas en supermercados. Según planteó, la medición del consumo privado incluye todo el gasto de los hogares, no sólo la compra de alimentos, ropa o productos de uso diario. También abarca rubros como combustible, alquileres, transporte, servicios financieros y tarifas, que en los últimos meses ganaron peso por el aumento de sus precios relativos. Es decir: aunque las familias gasten más dinero, eso no implica necesariamente que estén consumiendo más bienes elegibles o que vivan mejor. Muchas veces simplemente están pagando más caro lo inevitable.

En paralelo, el malestar del sector supermercadista volvió a exponer esa distancia entre el relato oficial y la realidad del consumo. El martes pasado, el ministro de Economía, Luis Caputo, se reunió con representantes de Carrefour, Chango Más, Coto, Día, Cencosud y La Anónima. Allí, los empresarios le transmitieron que desde la llegada de Milei el consumo masivo se desplomó 30 por ciento en términos reales.

Los últimos datos de la consultora Scentia acompañan esa descripción. En febrero, las ventas en supermercados cayeron 5,9 por ciento interanual y en los comercios de barrio retrocedieron 3,8 por ciento. Se trata, además, de comparaciones contra un 2025 que ya había sido malo y que, a su vez, había mostrado retrocesos respecto de 2024. La secuencia deja ver una contracción persistente, no una oscilación aislada.

El cuadro se vuelve todavía más delicado si se lo mira junto a otros factores: el deterioro del empleo, la pérdida del poder adquisitivo y el aumento de la morosidad, que restringen cada vez más la capacidad de compra. En ese contexto, la respuesta de Caputo ante los supermercadistas no fue reconocer el problema de fondo, sino atribuir la crisis a las tasas municipales y al crecimiento del comercio informal en ferias callejeras. Los empresarios no negaron que esos factores influyan, pero insistieron en que la razón principal del desplome es mucho más simple y mucho más grave: la gente no tiene plata para consumir.

En definitiva, mientras el Gobierno exhibe los números generales del PBI como prueba de una recuperación, la evolución del IVA y de las ventas en supermercados devuelve una imagen más áspera: la del enfriamiento del consumo básico, ese que no se discute en planillas sino en la góndola, en el changuito y en el bolsillo.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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