Venezuela como escenario y Trump como método

Hay momentos en los que la moderación deja de ser una virtud y empieza a funcionar como anestesia. El periodismo, formado en la prudencia y en la sospecha del exceso, suele replegarse cuando el hecho desborda las categorías habituales. Pero no todos los acontecimientos admiten el mismo tratamiento. La captura de un presidente extranjero por fuerzas estadounidenses, su traslado compulsivo a Nueva York y la posterior declaración de intención de “dirigir” Venezuela durante años constituyen uno de esos casos donde el lenguaje neutro no sólo resulta insuficiente: se vuelve engañoso.

La operación que terminó con la detención del presidente Nicolás Maduro fue presentada por Washington como un acto excepcional frente a un gobierno excepcional. El argumento no es nuevo: cuando un país es definido como anomalía, todo parece permitido. Sin embargo, el problema no reside únicamente en la figura de Maduro ni en el carácter autoritario de su administración, ampliamente documentado. El núcleo del asunto es otro y más profundo: Estados Unidos decidió, de manera unilateral, secuestrar a un jefe de Estado en ejercicio, intervenir militarmente en un país soberano y trasladar el conflicto al interior de su propio sistema judicial, sin mandato internacional ni consenso multilateral. Ese gesto, más allá de sus justificaciones, rompe un límite.

Donald Trump no tardó en explicitar el sentido de la operación. No habló sólo de justicia ni de transición democrática. Habló de administración prolongada, de control político y, sobre todo, de petróleo. Dijo que su país podría “dirigir” Venezuela durante años y gestionar sus recursos estratégicos como parte de un proceso de estabilización. La franqueza, lejos de tranquilizar, inquieta. Porque allí donde otros gobiernos estadounidenses recurrieron a eufemismos, Trump elige el verbo directo. Y los verbos importan.

“Dirigir” un país no es acompañarlo. “Controlar” su principal industria no es ayudarlo a recuperarse. Son términos propios de la ocupación, no de la cooperación. En boca del presidente de Estados Unidos, esas palabras no describen un desliz retórico, sino una concepción del mundo. En ese esquema, la soberanía no es un principio, sino un obstáculo; el derecho internacional, una formalidad prescindible; y los recursos naturales, activos a administrar por quien tiene la fuerza suficiente para hacerlo.

La reacción internacional, aunque diversa, expuso la gravedad del precedente. Organismos multilaterales y gobiernos advirtieron que la captura de un presidente extranjero sin aval de la ONU vulnera los principios básicos del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. Incluso dentro de Estados Unidos, el Senado inició debates para limitar el poder presidencial en materia de acción militar, señal de que la preocupación no es sólo externa. Cuando una potencia se arroga el derecho de actuar como juez, jurado y ejecutor, el problema deja de ser Venezuela y pasa a ser el sistema.

Hay, además, una dimensión simbólica que no debería pasar inadvertida. Las imágenes difundidas desde la Casa Blanca, mostrando a Trump y a su equipo siguiendo la operación como si se tratara de una transmisión en vivo, forman parte del mensaje. La guerra convertida en espectáculo, la soberanía ajena reducida a una escena televisada, la política exterior transformada en demostración de fuerza. No es sólo comunicación: es pedagogía del poder. Se muestra lo que se hace para que nadie dude de quién manda.

Nada de esto implica absolver a la conducción política venezolana ni negar la crisis profunda que atraviesa el país. Sería intelectualmente deshonesto hacerlo. Pero una cosa no cancela la otra. Que un gobierno viole derechos no habilita a otro a violar principios. La legalidad internacional no funciona por simpatía ni por antipatía. O es universal, o deja de serlo. Convertirla en un instrumento selectivo equivale a vaciarla de contenido.

Trump encarna hoy una forma de ejercer la política global que desprecia las mediaciones y naturaliza la fuerza como argumento último. En su lógica, el mundo no es un entramado de reglas sino un tablero de control. Venezuela, en ese esquema, no aparece como una sociedad devastada que necesita reconstrucción, sino como un territorio a administrar. Esa mirada, antigua y peligrosa, vuelve a instalarse sin pudor en el centro de la escena internacional.

Frente a ese escenario, el periodismo enfrenta un desafío incómodo. Limitarse a enumerar hechos ya no alcanza. Nombrar lo que esos hechos significan es parte del trabajo. No se trata de panfleto ni de estridencia, sino de asumir que hay acciones que, por su gravedad, exigen un juicio claro. Cuando un presidente de Estados Unidos habla de dirigir otro país durante años y de controlar su riqueza, no estamos ante una hipérbole. Estamos ante una confesión de época.

Y las épocas que se aceptan como excepción suelen convertirse, demasiado rápido, en norma.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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