Reservas frágiles, deuda en loop

Reservas frágiles, deuda en loop

El punto de partida es simple y bastante incómodo: las reservas están en un nivel crítico y el calendario de pagos se volvió una trampa de tiempo. La idea de que el país se encamina a un orden macroeconómico choca con una realidad menos glamorosa: se necesita deuda nueva para atender deuda vieja, y ese mecanismo se vuelve cada vez más exigente. No se trata de una estrategia sofisticada, sino de un recurso repetido. Pedir prestado no para financiar inversión, infraestructura o un salto productivo, sino para llegar al próximo vencimiento, sostener un tipo de cambio administrado y mantener la calma financiera.

El año 2025 funcionó, en términos de supervivencia, como un gran puente. Entraron dólares por distintas vías extraordinarias y con eso se evitó un estallido. Pero un puente no es un camino: cuando se termina, lo que queda es el vacío debajo. En 2026, el Gobierno busca reemplazar esas fuentes de divisas con otra promesa: volver al crédito internacional en serio, con colocaciones y financiamiento externo que reemplace los parches anteriores. El problema es que esa apuesta no depende sólo del deseo de un ministro ni de la narrativa de “confianza”, sino de la percepción de riesgo y de la capacidad real de generar dólares genuinos. Y ahí es donde el esquema muestra su fragilidad.

El balance cambiario del último año expone, sin necesidad de demasiada interpretación, cuáles fueron los desagües principales. Por un lado, la formación de activos externos, que es el nombre formal para algo viejo y muy argentino: comprar dólares y sacarlos del circuito local como reserva personal, por desconfianza, por expectativa de devaluación o por simple hábito defensivo. Por otro lado, el turismo al exterior, que con un tipo de cambio atrasado se convierte en un incentivo a gastar divisas en consumo fuera del país, como si los dólares fueran abundantes. Y finalmente, el pago de intereses de deuda externa, que crece como crece el stock de deuda: cuanto más se toma, más se paga, y cuanto más se paga, más falta para el resto.

Cuando se levantaron restricciones cambiarias en 2025, el comportamiento fue el esperable en un país que tiene memoria de crisis: las compras de dólares se dispararon. Durante varios meses se sostuvo un promedio altísimo, y en los meses electorales la cifra escaló todavía más. Ese pico no es casual: cuando la política se vuelve incierta, la sociedad se cubre; y cuando la sociedad se cubre en dólares, el Banco Central queda sin aire. En el total anual, la salida por dolarización minorista fue gigantesca. El dato no es sólo el tamaño, sino el significado: muestra que, incluso con un relato de estabilización, la demanda de cobertura siguió siendo estructural. Y lo estructural no se resuelve con marketing.

El segundo drenaje relevante fue la cuenta de servicios, donde el turismo juega un rol decisivo. En 2025 el déficit por servicios fue muy alto y dentro de ese rubro el turismo empujó como una locomotora. Es una pérdida de divisas que no tiene nada de productiva: son dólares que se van para financiar consumo afuera. En un país sin dólares, incentivar ese flujo es como regar el desierto con agua embotellada: un lujo insostenible. Pero eso es exactamente lo que produce un tipo de cambio atrasado: abarata los viajes y vuelve “conveniente” gastar afuera lo que cuesta conseguir adentro.

El tercer componente es el más silencioso, el menos visible para la vida cotidiana, y por eso mismo el más peligroso: los intereses. En 2025 la salida por pago de intereses en moneda extranjera fue enorme. Y a diferencia del turismo, que podría moderarse con señales y regulaciones, los intereses no esperan. Vencen. Se pagan. Y si no se pagan, el crédito se cierra, el riesgo se dispara y el sistema vuelve a temblar. Los intereses son la parte más dura del círculo de la deuda: te persiguen incluso cuando ya no tenés margen. Y si el Gobierno insiste en sostener la estabilidad sobre endeudamiento en moneda extranjera, lo que crece no es la confianza: lo que crece es la bola de nieve.

La paradoja es brutal: una porción muy grande de los dólares que ingresaron en 2025 no vino de un salto exportador ni de un cambio productivo, sino de deuda nueva. Entraron dólares que en realidad no eran “ingresos”, sino obligaciones futuras. Y esos dólares, en buena medida, se usaron para financiar salidas que tampoco mejoran la estructura económica: dolarización privada, turismo, intereses. Es decir, dólares que se toman prestados para financiar consumos que no generan más dólares. Un esquema así puede durar un tiempo, pero nunca dura para siempre. No porque lo diga una teoría económica, sino porque lo dicta la aritmética.

En enero de 2026 el Banco Central volvió a comprar reservas y mostró un número positivo luego de un período largo sin acumulación. A primera vista, eso permite al oficialismo exhibir control. Pero el detalle importa: buena parte de esa oferta adicional de divisas se alimentó de mecanismos financieros que no son precisamente una fuente estable y virtuosa. Creció el endeudamiento privado en dólares, aparecieron emisiones de obligaciones negociables en moneda extranjera, se expandió el crédito bancario en dólares y hubo movimientos con títulos públicos en moneda dura. Todo eso puede sumar dólares a la plaza en el corto plazo. El problema es lo que exige a cambio: más exposición, más fragilidad, más dependencia de que el tipo de cambio se mantenga quieto.

Y ahí aparece la “bicicleta”, la palabra que en Argentina debería venir con una etiqueta de advertencia. El carry trade es simple: conseguir dólares, venderlos para hacerse de pesos, poner esos pesos en instrumentos que rinden, y apostar a que el dólar no se mueve demasiado. Si el dólar queda planchado, la ganancia es extraordinaria. Si el dólar se mueve, el castillo se sacude. Es una apuesta, no un proyecto. Un juego de tasas y expectativas que beneficia al que entra temprano y sabe salir a tiempo. El problema es cuando esa apuesta deja de ser una oportunidad de mercado y se convierte en un pilar del esquema macro: entonces la estabilidad depende de que el juego siga, de que nadie se asuste, de que la salida no sea masiva, de que el dólar no se despierte. Es decir, depende de condiciones frágiles por definición.

Para que ese tipo de estabilidad funcione, se requieren dos cosas difíciles en Argentina: que la gente deje de comprar dólares y que el sistema financiero siga trayendo dólares para jugar. La primera depende de confianza sostenida y de un horizonte creíble; la segunda depende de que haya suficiente rentabilidad y de que el riesgo país no sea una pared. Si cualquiera de las dos falla, el esquema se tensiona. Y cuando se tensiona, la corrección suele ser brusca.

Mientras tanto, el reloj de la economía real marca otra hora. Se puede hablar de “repunte”, de “V”, de “rebote”, y se puede adornar el discurso con metáforas ingeniosas, pero lo que aparece mes a mes es una secuencia de cierres, despidos y suspensiones. Con salarios debilitados, consumo interno en caída, importaciones que compiten con producción local y costos medidos en dólares que asfixian márgenes, muchas empresas quedan sin aire. No sólo empresas chicas: también marcas grandes, plantas industriales, cadenas comerciales, firmas históricas. Y detrás de cada cierre hay un dato que no entra en la contabilidad de reservas, pero que define la temperatura social: empleo que se pierde, barrios que se empobrecen, familias que ajustan su vida.

Ahí está el corazón de la contradicción: se sostiene la estabilidad financiera con deuda y atraso cambiario, pero el costo lo paga la producción, el empleo y el mercado interno. Se mantiene el dólar quieto para que el esquema no se rompa, pero esa quietud encarece los costos en dólares para la industria local y abarata la competencia importada. Se celebra que entren dólares por colocaciones privadas, pero esos dólares no están entrando para ampliar capacidad productiva sino para rendir en un circuito financiero que depende de no moverse.

La pregunta, entonces, no es si el Gobierno puede ganar tiempo. Claro que puede. Siempre se puede ganar tiempo si alguien presta, si el mercado compra, si el escenario internacional acompaña, si la política no se incendia. La pregunta es otra: a qué precio y con qué final. Porque ganar tiempo sin cambiar la estructura es como patear una piedra en una pendiente: no desaparece, vuelve, y vuelve con más velocidad.

Si 2026 se apoya en endeudamiento externo para sostener un régimen cambiario que incentiva turismo, dolarización y bicicleta, lo que se consigue es una calma comprada. Y la calma comprada tiene un defecto de fábrica: vence. En algún momento, los mercados piden más tasa, la gente vuelve a cubrirse, el crédito se encarece, el Banco Central deja de acumular y el esquema vuelve a toser. A veces tose leve. A veces hace neumonía. La Argentina ya vio esa película muchas veces como para fingir sorpresa.

Lo más serio, sin embargo, no es sólo la fragilidad financiera. Es la lógica política que la acompaña: presentar como virtud lo que es supervivencia, y vender como futuro lo que en realidad es un puente. Una economía no se ordena simplemente bajando un indicador o sosteniendo un tipo de cambio: se ordena cuando puede generar dólares sin pedirlos prestados, cuando puede importar lo necesario sin endeudarse para pagar esa importación, cuando puede pagar intereses sin sacrificar el resto, cuando el turismo no es una fuga masiva y cuando la gente no siente que su única defensa racional es dolarizarse.

Dicho sin vueltas: endeudarse para financiar salidas superfluas de divisas es un lujo que Argentina no tiene. Y construir estabilidad sobre bicicleta financiera es un modo elegante de decir que el plan depende de que no pase nada. Pero la economía real está pasando, todos los días, en forma de cierres, despidos y deterioro del consumo. Y cuando la economía real se rompe, la financiera tarde o temprano se queda sin relato.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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