Milei arma una liga global y desarma la ventanilla local
l Presidente anunció que trabaja en un bloque de diez países de ultraderecha y se imagina como referente continental, con un vocabulario que huele a Guerra Fría. Mientras promete épica internacional, en casa el método es más simple y brutal: disolver, reubicar, diluir. En ese movimiento, la ventanilla que ordenaba urgencias se convierte en pasillo, y el ciudadano frágil paga el precio de la “viveza”.
Pienso en esa alegría particular —seca, filosa— que despierta el acto de borrar. No refutar: borrar. No discutir: eliminar. Es una estética. Una moral también. “¿No lo querés así? Bueno, te lo saco”. Y listo: el hecho deja de existir, la pregunta se vuelve capricho, el reclamo parece teatro. En un país acostumbrado al trámite y al atajo, Milei descubrió el atajo definitivo: convertir el botón de “eliminar” en política pública.
La escena es doble, como esas fotos que muestran dos tiempos en un mismo cuadro. Por un lado, el presidente proyecta grandeza: anunció gestiones avanzadas para construir un bloque de diez países de ultraderecha que —dice— abrazaría “las ideas de la libertad” y se plantaría contra el “cáncer del socialismo”. Por el otro, en el frente doméstico, la disolución de un organismo estatal tras un escándalo de presuntas coimas funciona como el gesto perfecto de su época: muerto el perro, se acabó la rabia. Y si se acabó la rabia, el dolor —para ellos— debe ser un invento de gente sensible.
El anuncio internacional tiene un detalle revelador: todavía no hay nombre, pero ya hay epopeya. Antes de definir reglas, agenda, instituciones, incluso integrantes, Milei ya se coloca en el centro del escenario. Se presenta como quien convoca, como quien conduce. Es una ambición antigua —la del caudillo que quiere quedar en la foto histórica— pero vendida con packaging nuevo: redes, entrevista, frase redonda, enemigo claro. La tradición de la política-espectáculo, con corbata libertaria.
En su relato, la región habría “girado hacia la libertad” gracias a victorias de derechas recientes. Y ahí aparece su truco favorito: llamar libertad a un conjunto de posiciones y llamar “socialismo” a todo lo demás. Es cómodo, casi infantil: el mundo dividido en dos colores, como un álbum para aprender a leer. El problema es que los países no se gobiernan con dos colores. Se gobiernan con matices, con instituciones, con paciencia y con límites. Justamente lo que la retórica de guerra detesta.
La palabra “macartismo” no se pronuncia, pero se siente. Ese tono de cruzada moral, esa búsqueda obsesiva de un enemigo total, esa tentación de convertir a un adversario en “cáncer”. Lo más peligroso de esa metáfora no es su exageración: es su invitación implícita. Si el otro es cáncer, ¿qué se hace con el cáncer? No se dialoga. Se extirpa. Y en la práctica, cuando un gobierno aprende a extirpar, empieza por lo que menos cuesta: los que tienen menos defensa.
También mete en la misma bolsa a “los woke”, etiqueta elástica que se estira hasta abarcar migración, ambiente, feminismo y derechos vinculados a género. ¿Qué se logra con ese truco? Unificar el odio, simplificar la conversación, ahorrar complejidad. Y la complejidad, digámoslo sin vueltas, es la base de cualquier Estado moderno que pretenda ser justo: un Estado no se construye a fuerza de slogans, se construye con administración seria y con respeto por el que no puede gritar.
Pero volvamos al otro lado del cuadro, el que no sale en las entrevistas internacionales: el Estado como pasillo. El escándalo de presuntas coimas en un área sensible produjo la reacción que cualquiera esperaría en lo básico: investigar, sancionar, limpiar. Hasta ahí, nada para discutir. Lo que sí merece discusión —y de la brava— es el método de “solución” elegido: disolver, esconder, reubicar, licuar responsabilidades. El castigo a los corruptos se vuelve coartada para castigar a los usuarios del sistema.
Porque el ciudadano común no vive “la disolución” como tecnicismo. La vive como desorientación. Como peregrinaje. Como humillación. La vive en la frase más argentina de todas: “Ahora eso no es acá”. Y ahí empieza la caminata por nuevos escritorios, los formularios distintos, el funcionario que no entiende, el que pregunta de cero, el que te trata como si estuvieras mendigando algo que no merecés. El que te pide “paciencia” desde un sueldo asegurado.
Hay un punto que el mileísmo entiende perfectamente, y por eso lo explota: a la gente le irrita la corrupción. Con razón. Pero usar esa irritación para desarmar una ventanilla que ordenaba urgencias reales es otra cosa. Eso no es moralidad; es oportunismo. Y el oportunismo, en política, suele venir con sonrisa de marketing y factura social impaga.
Lo más cínico es la reacción celebratoria de una parte del público: el aplauso al golpe, no a la mejora. La emoción no es “ojalá funcione mejor”; es “que se jodan”. Y ahí el Estado deja de ser institución y pasa a ser arma. En vez de reparar, castiga. En vez de ordenar, confunde. En vez de proteger, prueba fuerza. Es un cambio de espíritu: del Estado como resguardo al Estado como escarmiento.
La tradición republicana —esa palabra que algunos pronuncian solo para la tribuna— enseña algo simple: el poder se mide por cómo trata a los débiles, no por cómo insulta a sus rivales. Y si el gobierno elige como enemigos a los que menos pueden —los enfermos, los viejos, los discapacitados, las madres que sostienen solas la burocracia con la espalda—, entonces la supuesta “valentía” es apenas abuso con sello oficial.
Mientras tanto, en el plano internacional, Milei promete confrontar contra organismos regionales y gobiernos progresistas. Está en su derecho político, por supuesto. Pero la pregunta es más concreta, más adulta: ¿qué gana Argentina con eso, más allá del aplauso identitario? ¿Cuánta energía institucional conviene gastar en una “liga” aún sin nombre, mientras adentro la gestión cotidiana se resuelve con el método del borrado?
Hay algo profundamente viejo —y no en el buen sentido— en este tipo de liderazgo. Se parece a esos hombres que confunden autoridad con grito, decisión con capricho, orden con miedo. Y sí, suena “fuerte” en tiempos frágiles. Pero la fortaleza verdadera no consiste en patear hacia abajo ni en jugar al ajedrez con vidas ajenas. Consiste en hacer que el Estado funcione sin convertir al ciudadano en sospechoso y sin convertir la necesidad en un trámite infinito.
El mileísmo se vende como modernidad, pero su combustible emocional es arcaico: la humillación del otro como espectáculo. Eso tiene éxito rápido y costo largo. Porque un país no se hace más libre cuando más gente queda afuera de la puerta correcta. Y un gobierno no se vuelve “valiente” por disolver siglas: se vuelve responsable cuando garantiza que, aunque cambie el organigrama, nadie pierda el derecho a ser atendido sin peregrinar como penitencia.
Al final, la política del “borrar” es tentadora: limpia la escena, borra el conflicto, deja todo prolijo en la pantalla. Pero la vida real no se deja borrar. La gente vuelve. La urgencia vuelve. El dolor vuelve. Y ahí no alcanza con un meme.
Si Milei quiere jugar a líder internacional, que juegue. Pero que no lo haga con el libreto fácil de la Guerra Fría ni con la costumbre miserable de que los costos los paguen los mismos de siempre. Porque si tu “libertad” depende de que el más débil se pierda en un pasillo, entonces no es libertad: es crueldad administrada. Y eso, por más marketing que tenga, termina mal.
