La fiesta libertaria y un país en ruinas

La fiesta libertaria y un país en ruinas

Para quienes lo vieron por televisión, el acto libertario del lunes fue una escena entre lo grotesco y lo trágico. En medio del derrumbe económico y el desgaste político, el Presidente eligió subirse a un escenario envuelto en llamas y ruido, como si la catarsis sustituyera la gestión. Afuera, el país se caía a pedazos. Adentro, Milei bailaba.

Pensado para tiempos de bonanza —cuando su relato aún prometía milagros—, el evento terminó pareciendo una parodia involuntaria de sí mismo. La construcción del milagro, el título del libro que iba a presentar, se transformó en ironía pura: la construcción, al fin y al cabo, se vino abajo. Pero el show siguió igual, como esas bodas que no se suspenden aunque haya tormenta. Adentro, la música. Afuera, la intemperie.

Con campera de cuero, gritando “Toda la casta es de mi apetito”, Milei se mostró como lo que es: un predicador sin parroquia, un rockstar desfasado que confunde épica con delirio. Las pantallas mostraban fuego, explosiones y robots destruyendo enemigos imaginarios —una estética de videojuego que parece su única conexión emocional con el mundo—. Era un espectáculo de fe: Milei como sacerdote de sí mismo, rodeado de fieles que aplauden la negación colectiva de la realidad.

Durante una hora, el Presidente fue libre de su propio fracaso. A salvo de la inflación, del hambre, de los jubilados que ya no compran carne, de los docentes que viven de prestado. Allí, bajo las luces, volvió a creer que gobernar es tener razón, que destruir es crear.

El libertarismo, en su forma más pura, fue siempre eso: un acto religioso sin Dios, un culto a la voluntad individual que se disfraza de racionalidad económica. Milei no propone una política, sino una fe: la fe en él, en su palabra, en su misión. Lo que prometió en 2023 fue sentido, no soluciones. Ofreció un enemigo —la “casta”— y un alivio: destruirla. Y así convirtió el enojo social en dogma.

Pero el dogma no paga sueldos ni baja precios. Y el país, ese que él mismo llamó “una olla a presión”, ya no le responde. El fuego que encendió se volvió incendio.

Por eso el Movistar Arena fue más que un show: fue su refugio. Un mundo cerrado, hecho a su medida, donde todo gira a su alrededor. Allí todavía puede jugar a ser el Creador. Pero cuando se apagan las luces y el eco se disuelve, lo que queda es el ruido seco del vacío.

Todos tienen derecho a festejar. También los que gobiernan mal. Pero cuando termina la fiesta, la resaca llega igual. Y mientras Milei sigue cantando sobre la libertad, el país canta bajito, con la voz gastada: “no nos alcanza para vivir”.

La diferencia es que unos lo saben. Y otros todavía están bailando.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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