La carne vuelve a empujar los precios y le complica el libreto antiinflación al Gobierno

La carne vuelve a empujar los precios y le complica el libreto antiinflación al Gobierno

En los primeros días de febrero, los alimentos mostraron una aceleración y la carne volvió a ponerse al frente del movimiento. El dato incomoda por una razón simple: en Argentina la inflación no es una abstracción de planilla; es la góndola y, para millones, es el asado. Y cuando la carne se recalienta, el índice mensual tiende a “contagiarse” rápido.

Enero ya había dejado una señal clara: el kilo de asado trepó 5,6% en el mes. Con ese arranque, el precio en términos reales quedó en niveles máximos de la serie disponible desde 2016 (la medición comparada con un IPC histórico). Lejos de aflojar, febrero sumó presión en cortes “de moda” (como la entraña), con remarcaciones que se sienten en la primera compra del mes, cuando todavía no hay margen psicológico para “acomodarse”.

El problema político para Javier Milei es doble. Primero, porque la carne pesa en la inflación núcleo (la que excluye precios regulados y estacionales), y si ahí se enciende una mecha, el relato de “desinflación sostenida” pierde consistencia. Segundo, porque la discusión técnica por el índice se volvió discusión pública: la decisión de INDEC de seguir midiendo con la estructura anterior y postergar la actualización de ponderaciones abrió una grieta metodológica en el peor momento: cuando los precios se mueven y el gobierno necesita que el número “acompañe”.

En paralelo, Luis Caputo defendió la postergación del “IPC nuevo” con un argumento práctico: con tarifas y regulados subiendo, un índice donde los servicios pesan más podría mostrar una inflación mayor. Dicho en criollo: cambiar el termómetro cuando la fiebre conviene que parezca más baja siempre huele raro. Y cuando la gente siente que el súper y la carnicería van por un carril y el discurso oficial por otro, la confianza se erosiona.

¿Por qué sube la carne? No hay una sola causa, sino un cóctel. Desde el sector suelen mencionar el golpe de años anteriores sobre el stock ganadero, episodios climáticos (sequías e inundaciones) que achican oferta, y un punto fino: la carne, en períodos recientes, habría corrido por debajo del promedio general, lo que ahora empuja a una “recuperación” de precios. En esa lectura, el salto no sería un rayo en cielo sereno, sino el ajuste de algo que venía atrasado frente al resto.

Pero también existe otra hipótesis, más incómoda para el bolsillo: expectativas de exportación y señales externas que reordenan decisiones internas. Con el acuerdo que amplía cupos de exportación hacia Estados Unidos (con un esquema de impuesto bajo), algunos analistas sostienen que la perspectiva de vender más afuera cambia el ciclo ganadero: si el productor anticipa mejores precios, retiene vientres para producir más adelante, y al hacerlo reduce oferta hoy. Menos oferta en mostrador, precios más altos. Y la inflación, otra vez, hace de traductora cruel: convierte decisiones de largo plazo en cuentas impagables de corto.

Los relevamientos privados de la segunda semana de febrero ya mostraban el patrón: alimentos y bebidas avanzando alrededor de 1% semanal, con carnes explicando una porción decisiva del salto (en el orden de +2% a +3% semanal según mediciones), mientras verdulería aportaba alivio parcial. Con ese pulso, varias proyecciones ubicaban febrero en un rango cercano al 3% mensual, con alimentos algo por encima del promedio y la carne como principal vector de presión.

A eso se suma el arrastre de regulados. En el AMBA, por ejemplo, se programó una suba del 32% en colectivos nacionales desde el 17/02/2026, con impacto acotado por fecha de aplicación, pero impacto al fin. Y hacia el cierre del mes aparece el componente estacional: esparcimiento y consumo por Carnaval, que suele empujar precios justo cuando el salario ya viene erosionado.

En el mercado mayorista también asomaron señales: en las últimas cuatro semanas se observó un avance cercano al 3% en referencias del mercado de Cañuelas, lo que típicamente anticipa traslado parcial a precios minoristas. Y el fenómeno no es solo doméstico: el precio internacional de la carne viene en niveles altos, con un promedio de +16,1% en 2025 y tendencia que, según cálculos privados, sigue firme en 2026. En ese contexto, pretender que la carne “se quede quieta” por voluntad política es una fantasía cara.

El punto final es simple y bastante antiguo: cuando la carne sube, sube algo más que un precio; sube un termómetro social. Y si el Gobierno insiste en administrar la inflación con narrativa, metodología discutida y parches sobre el índice, el riesgo es obvio: que el número cierre, pero la calle no. Y ahí, por más ingeniería estadística que haya, la realidad vuelve a morder.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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