El show continua
El verbo ganar no siempre dice lo que creemos. En la Argentina de Milei, ganar puede ser perder menos, o simplemente no desmoronarse antes de tiempo.
La hermenéutica del resultado no dependerá solo de las urnas, sino del humor con que Estados Unidos, el FMI y el llamado “círculo rojo” decidan leer los números. En política, las victorias siempre tienen traductores. Y a veces, esos traductores cobran caro.
El fiscal de la realidad es el ánimo colectivo. Ganar, para Milei, ya no se mide en porcentajes sino en percepciones. Haber sido dado por muerto y seguir respirando puede parecer, en esta Argentina impredecible, una forma de triunfo. Un empate puede leerse como resurrección, y una derrota moderada, como estabilidad.
El salvataje norteamericano, la bilateral con Trump, la boleta única y los guiños del establishment mediático son solo el decorado. Lo central será qué interpretación imponga la mirada global: si el país cumplió con el mandato de Kristalina Georgieva —“acompañar el plan económico”— o si volvió a rebelarse contra el orden impuesto desde arriba.
Y sin embargo, ganar también guarda un costado íntimo, casi antropológico. Viene del gótico gaunon: tener la boca abierta, desear con avidez. Mientras que perder, del latín perdere, es dejar ir. Dos pulsiones humanas que se enfrentan, no solo en las urnas, sino en cada conciencia.
Milei puede ganar una elección y perder el poder real; puede conservar el cargo y perder la autoridad moral. Le pasó a Macri en 2017, a Napoleón en 1815, a Thatcher y a Churchill después de salvar a Europa. El éxito, decía Churchill, es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo.
Quizás el 27 de octubre no sepamos quién ganó. Lo sabremos el día después, cuando el país despierte y decida si quiere seguir creyendo en la ficción de un presidente que arde, o en la necesidad de apagar el incendio.
Porque al final, ganar no es vencer al otro. Es convencerlo de que el juego sigue.
