Bessent o Soberanía

Bessent o Soberanía

El salvataje llegó con foto y con letra chica. El posteo de Scott Bessent —el hombre del Tesoro que habla el idioma de los mercados— sirvió para detener la corrida, bajar el riesgo país y darle a la Casa Rosada un respiro que parecía imposible el viernes. Nadie discute que hacía falta aire. Lo que sí corresponde discutir es el precio: qué se entrega a cambio, qué prioridades se reordenan, qué derechos quedan en pausa mientras la macro se estabiliza a los empujones. Porque el paralelo con el “whatever it takes” de Draghi luce elegante, pero es tramposo. En Europa, la institucionalidad salvó a su moneda con recursos y reglas propias. Acá, la salida se terceriza: Washington presta el paraguas, fija condicionalidades y, de paso, reubica a la Argentina en su tablero geopolítico, con litio, tierras raras y contención de China como inquietudes de fondo. No hay magia; hay poder en acción.

El alivio existe, pero es prestado. No construye gobernabilidad, apenas la alquila por semanas. Y la gobernabilidad —conviene repetirlo— no se fabrica con cadenas nacionales ni con épica de red social; se construye reuniendo 129 y 37, cumpliendo leyes vigentes y pactando prioridades. Hoy el Gobierno promete disciplina fiscal al Norte mientras en el Sur suspende o veta financiamiento universitario, la Ley Garrahan y la emergencia en discapacidad. Ese desorden de prioridades es el corazón del problema. Una economía puede apretarse el cinturón; un Estado no puede desentenderse de su escuela ni de sus hospitales. El progresismo serio empieza ahí: en el presupuesto, no en los adjetivos.

En lo cambiario, la señal de Bessent reordena expectativas, pero también ordena obediencias. Lo que aparece como “opciones sobre la mesa” —swaps, compras de divisas, uso del Fondo de Estabilización— suele venir atado a dos exigencias: flotar el dólar sin atajos y recomponer reservas aun cuando eso duela en la actividad. Si la primera meta es sostener la campaña con dólar controlado, y la segunda es mostrar caja para pagar bonos, el resultado conocido es la pinza: tasas altas, recesión, atraso importador, empleo en vilo. El Gobierno lo sabe. Por eso forzó un atajo con la baja fugaz de retenciones hasta octubre: apurar liquidaciones, sumar dólares y ganar tiempo. ¿Funciona? Sí, por un rato. ¿Qué deja? Un hueco fiscal que, si no se compensa con impuestos progresivos, se tapará con recortes donde duele: universidad, ciencia, salud. Pan electoral para hoy, anemia de Estado para mañana.

La política, mientras tanto, no espera instrucciones del Tesoro. En Diputados avanza la moción de censura contra el jefe de Gabinete por incumplir la ley; en el Senado se prepara la insistencia contra los vetos a financiamiento universitario y a pediatría. Eso no es “destituyente”: es el reglamento funcionando. Si el Ejecutivo quiere reformas “de fondo”, tendrá que demostrar que respeta el fondo del pacto democrático: cumplir lo votado, rendir cuentas, negociar en serio. Trump entrega una foto y un compromiso; el Congreso exige otra cosa: coherencia. Con esa gramática se construyen mayorías, no con látigo ni con sarcasmo.

También conviene mirar el costo geopolítico. A Estados Unidos no lo mueve la beneficencia; lo mueve su interés estratégico. Quiere minerales críticos, cadenas de valor más cerca, menos dependencia de Beijing. La Argentina puede y debe aprovechar esa demanda, pero con reglas propias: contenido local, transferencia tecnológica, estándares ambientales, empleo calificado y regalías que sostengan universidades e institutos tecnológicos. Si el salvataje termina en extracción primaria con concesiones largas y fiscalidades amigables para el inversor pero ruinosas para la comunidad, habremos canjeado volatilidad financiera por dependencia productiva. Cambia la fiebre, no la enfermedad.

Un progresismo responsable no niega la necesidad de estabilizar ni demoniza toda asistencia externa. Lo que plantea —con la cabeza fría y los pies en el territorio— es un orden distinto. Primero las obligaciones legales con las mayorías: giro inmediato y calendario público para discapacidad, Garrahan y universidades. Después, la macro: toda línea de apoyo debe pasar por cláusulas de transparencia, límites a intervenciones cambiarias discrecionales y metas sociales explícitas. Tercero, productividad con derechos: acuerdos sectoriales para mejorar costos, sin tocar indemnizaciones ni paritarias libres; donde haga falta alivio, que sea temporal y atado a inversión, empleo y exportación, no a promesas vacías. Cuarto, recaudación inteligente: cerrar privilegios tributarios improductivos y gravar rentas extraordinarias para financiar ciencia, tecnología y formación técnica, que son la única garantía de crecimiento no efímero. Quinto, dólares para producir: priorizar importaciones de insumos y bienes de capital sobre la bicicleta financiera; medir cada mes cuánto del fondeo externo se transformó en máquinas, software y puestos de trabajo medibles.

El oficialismo tiene una oportunidad en la puerta. El salvataje compró tiempo; usarlo para repetir el dogma contable con motosierra sería desperdiciarlo. Usarlo para ordenar prioridades y tejer acuerdos haría una diferencia real. Se puede empezar por lo obvio: bajar un cambio en la retórica, dejar de pelear con todos, sentarse con radicales y con sectores del PRO sin exigir humillaciones, y presentar un paquete acotado, costeadamente honesto y socialmente viable. Nada épico: una ley de cumplimiento de financiamiento social básico, un cronograma fiscal creíble, un capítulo de productividad discutido sector por sector. Si el Presidente quiere mostrarle a Washington que puede ejecutar, primero debe mostrar acá que puede gobernar.

La oposición, por su parte, no debería contentarse con bloquear. Ganar una votación sin ofrecer una hoja de ruta mínima se parece mucho a perder el día siguiente. Si hay moción de censura, que sea para corregir rumbos, no para coleccionar trofeos. Si se insiste con leyes, que venga con el anexo que siempre falta: de dónde sale el peso, en qué plazos, con qué metas. Para un progresismo que aspire a mayoría, la ética del presupuesto importa más que la retórica del tuit.

Al final, lo que está en juego no es la próxima foto ni la próxima corrida, sino algo más simple y más serio: si este país puede estabilizar sin degradar, crecer sin expulsar y alinearse en el mundo sin arrodillarse. El salvataje de Trump no resuelve esa ecuación; apenas la patea unas semanas. La respuesta, para bien o para mal, está acá adentro: en la escala de prioridades que fijemos y en la capacidad de que esas prioridades se transformen en leyes, partidas y obras. Si la política recuerda eso —que el equilibrio que vale es el de la vida cotidiana—, el respiro de hoy podrá convertirse en piso de mañana. Si lo olvida, volveremos al mismo punto con menos reservas, más enojo y el mismo cuento mal contado. Y ya no habrá posteo que alcance.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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