El plan puede fallar

El plan puede fallar

Tomaron deuda, compraron tiempo y ahora necesitan política: Washington pide “gobernabilidad”, el Congreso no alcanza, y la única moneda válida serán acuerdos reales con provincias y oposición. Tradición, no extravagancia. Estado, no truco.

El anuncio del Tesoro de Estados Unidos de un préstamo por 20.000 millones de dólares no resolvió los problemas argentinos: los pateó hacia adelante. En Balcarce 50 lo admiten sin rodeos: el dinero “les da una vida más” y, de paso, un relato para vender expectativas a menos de un mes de las elecciones. El precio implícito tampoco es secreto: reformas “estructurales” a partir de 2026 —laboral, previsional, tributaria y privatizaciones— y, desde ya, una condición inmediata de manual: construir gobernabilidad.

Esa demanda externa choca con un dato interno. Aun con un buen resultado en octubre, La Libertad Avanza no reúne mayorías propias. En el escenario más optimista que circula en Casa Rosada, podrían sentar cerca de 90 diputados y 16 senadores. No alcanza. Ya no sirve sostener vetos para custodiar el “déficit cero”; hacen falta votos para sancionar leyes que, por diseño, despertarán resistencia social y parlamentaria. Puertas adentro, lo dicen así: “en el tercer año necesitamos votos, no vetos”.

Washington pidió lo obvio: señales de que el oficialismo puede ordenar el sistema. De ahí el anuncio de una “mesa federal” y la restitución del rango ministerial a Interior tras la derrota bonaerense. Es un reconocimiento de que el vínculo con los gobernadores se rompió por doble vía: primero, por el ajuste en las transferencias de 2024 y 2025; después, por las incursiones electorales de Karina Milei en territorios “amigos”, que terminaron con LLA compitiendo contra aliados —el caso Corrientes duele y enseña—. Si el préstamo “compró tiempo”, la gobernabilidad deberá comprarse con otra moneda: respeto institucional, previsibilidad y acuerdos con nombre y apellido. No hay atajo.

En el corazón del paquete late la reforma laboral: abaratar despidos, flexibilizar contrataciones, enfriar paritarias. Parte de ese libreto apareció en la Ley Bases; el resto se cocina bajo el rótulo del “Consejo de Mayo”. La reforma previsional y la tributaria completan el tríptico: alivio impositivo para “estimular inversiones” y una reingeniería del gasto que preserva el equilibrio fiscal como dogma. El problema no es enunciarlo, sino gobernarlo: sin mayorías estables y con un tejido social exhausto, la aritmética legislativa y la calle marcan el ritmo. Esto exige secuencia, transiciones y algún tipo de compensación. Estado antes que truco.

El rediseño del gabinete aparece inevitable. Defensa y Seguridad quedarán vacantes por pases al Congreso; también se irá el vocero presidencial. Se rumoreó un ascenso del vocero a Jefatura de Gabinete, pero hasta en el oficialismo dudan de su capacidad para coser acuerdos, tarea que hoy intenta sostener Guillermo Francos. La debilidad estructural persiste: envían a Francos y al ministro del Interior a negociar sin poder de fuego. La cadena de mando real —Karina Milei por encima de cualquier organigrama y Santiago Caputo como asesor clave sin cargo formal— genera ambigüedad operativa. Cuando no está claro quién se sienta a la cabecera, la política no negocia: especula. Si se busca gobernabilidad, esa asimetría debe sincerarse y corregirse.

El espejo bonaerense fue una advertencia. No derribó al Gobierno, pero encorsetó una deriva. Entre la teología del equilibrio fiscal y el oficio de gobernar, la sociedad eligió tradición: instituciones que se hablen entre sí, federalismo sin aprietes y una economía que, si ajusta, explica, compensa y secuencia. El oficialismo leyó la señal y ahora la encuadra en el pedido de Washington: “muéstrenme que pueden consolidar el proceso”. No alcanza con declararse de “Occidente”: hay que producir gobernabilidad de puertas adentro. Eso es construir reglas, no slogans.

De acá a fin de año se juega algo simple y difícil a la vez. Primero, pactar con gobernadores un marco fiscal y un calendario legislativo realista. Segundo, definir la secuencia de reformas: laboral primero o tributaria primero; sin transición creíble, se traba todo. Tercero, conformar un gabinete con lapicera propia: ministros que decidan y representen. Si el poder se ejerce desde el entorno sin firma, el Congreso lo huele y la negociación se cae. Cuarto, bajar el volumen. La moderación paga en bonos, en votos y en paciencia social.

El peronismo mira el mismo tablero desde el otro lado: festejó el “freno puesto” en la provincia, con razón, pero también tendrá examen. No conviene derrochar capital en internas ruidosas ni confundir derechos políticos con épica televisiva. Si la apuesta general es la estabilidad, nadie puede jugar al incendio. La sociedad ya castigó el exceso: a un lado por extravagancia, al otro por inercia. El margen se achicó para todos.

Falló donde más duele: en la vida cotidiana. El préstamo compra tiempo; la gobernabilidad, no. Eso se construye con números, con reglas y con una virtud antigua que no pasa de moda: saber con quién pelearse y por qué. Si el Gobierno aprende esa lección, quizá logre pasar del truco a la política. Si no, el tiempo comprado se volverá en su contra. Y entonces ya no habrá mago que alcance.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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