Un país que resiste

Un país que resiste

Hay momentos en los que la Argentina parece un animal cansado, pero todavía inquieto. Como si en cada caída hubiera un gesto involuntario, un resto de vida que insiste. No es épica: es terquedad. Y estos días, con Milei en su laboratorio de fórmulas mágicas y diagnósticos de Excel, esa terquedad vuelve a ser lo único parecido a un plan de supervivencia.

Mientras la motosierra sigue trazando su propio cuento de hadas, la realidad —esa señora antigua, conservadora, que no perdona desprolijidades— registra casi 300 mil empleos formales menos y 19 mil empresas cerradas desde que el presidente libertario llegó a la Casa Rosada. Las cifras no tienen poesía, pero tienen memoria. Y la memoria, cuando duele, suele ser más precisa que cualquier ministro.

La caída se siente en la calle, en la industria, en el transporte, en la administración pública… en todos esos espacios que el Gobierno insiste en llamar “grasa”, como si el país pudiera vivir solamente de músculo financiero. Y uno se pregunta, con la calma amarga de quien no quiere tener razón:
¿cuánto tiempo puede un país sostener su orgullo mientras se desangra?

La respuesta no está en los números, sino en las personas. En el comerciante que apagó la luz de su local después de veinte años. En los trabajadores de la construcción que desaparecieron de las esquinas. En los empleados estatales que un día amanecieron sin oficina, sin tarea y sin explicación. El ajuste no es abstracto: tiene rostro, panza vacía y vergüenza.

Sin embargo, la pregunta más incómoda no es económica sino cultural.
¿Por qué este Gobierno sigue siendo celebrado por sectores medios y medios bajos, incluso por quienes están pagando el costo del experimento?

Quizás porque durante años el ideal igualitario argentino se fue muriendo de un modo silencioso. No lo mató un puñal, sino la frustración acumulada. La sensación de que el ascenso social se apagó y nadie tuvo la honestidad de decirlo. En ese vacío, la derecha encontró un terreno fértil: cuando ya no hay horizontes compartidos, cada uno mira su propio ombligo. Y ahí, el discurso del sálvese quien pueda entra como si fuera sentido común.

Pero la historia argentina —esa que a vos, a mí y a tanta gente nos educó sin pedir permiso— no se deja enterrar tan fácil. El impulso igualitario sigue respirando, aunque sea con respirador. Y respira porque cada tanto la realidad lo sacude: no se puede gobernar un país hecho de clases medias heridas como si fuese un experimento libertario sin consecuencias.

Milei quiere imponerse como punto de quiebre histórico. Pero la historia, cuando se la desafía sin entenderla, suele cobrar revancha.

Yo no creo en milagros. Creo en las fuerzas que se acumulan cuando la dignidad se vuelve intolerancia al abuso. Y creo en la política cuando deja de ser guerra de planillas y vuelve a ser conversación honesta sobre el país que duele.

No sé quién va a gobernar en 2027.
Pero sí sé que, si el peronismo quiere volver, no puede hacerlo de rodillas ni romantizando derrotas. Necesita reencontrar esa fibra que alguna vez lo conectó con la gente común, no con los algoritmos de campaña ni con el automatismo de repetir palabras vacías.

La derecha ya ganó la batalla electoral.
Lo que viene ahora es otra cosa:
la prueba de si a este país todavía le queda ánimo para defender aquello que durante un siglo lo hizo único en América Latina: la convicción moral de que nadie es más que nadie.

Y sí, todavía respira. Aunque el Gobierno se empeñe en no escucharlo.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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