Orden contra vacío
El Gobierno acelera; el peronismo todavía no elige jefe
El poder —como el mar— avanza cuando no encuentra diques. Hoy el oficialismo tiene método, calendario y una frialdad quirúrgica para asumir costos. La oposición, en cambio, tiene excusas. No es ideología lo que falta: es jefatura. Hasta que el peronismo no resuelva quién conduce y con qué disciplina, la cancha seguirá inclinada. Y no por virtudes extraordinarias del Gobierno, sino por una simple ley política: donde hay orden, hay mensaje; donde hay confusión, hay licencia para gobernar sin contrapeso.
La interna libertaria entretiene a los que viven del menú del día. Es marginal para el ciudadano que mide la política por su efecto en precios, sueldo, seguridad y trámites. La pregunta práctica es otra: ¿existe una hoja de ruta que se cumpla más allá de los chispazos? Sí: ajuste, reformas y una estrategia judicial-comunicacional que administra el tiempo a favor del Ejecutivo. Del otro lado, ¿existe una jefatura que traduzca malestar en poder ordenado? No todavía. Y el reloj corre.
La economía impone la gramática del momento. No hay milagros. El mundo crece poco; el crédito es selectivo; los capitales miran estabilidad antes que promesas. El alivio financiero postelectoral, con bonos que respiran y spreads que aflojan, sirve para contar una historia: “orden fiscal”, “reglas claras”, “volver a los mercados”. Es oxígeno, no salvación. Sin inversión real y sin mejora de ingresos, el veranito no paga el invierno social. El oficialismo lo sabe y por eso comprime donde puede: gasto, salarios públicos, transferencias, obra. ¿Se puede sostener indefinidamente? No. Pero la política, cuando no tiene rival, aprende a vivir del mientras tanto.
La segunda palanca es judicial. El reinicio de causas sensibles —viejas en su expediente, nuevas en su potencia simbólica— reordena la conversación pública en torno a nombres propios. Funciona como metrónomo: te marca el pulso, te dosifica el escándalo, te centra a la oposición en su pasado. No hace falta que nada se resuelva hoy; alcanza con que se prolongue. Es un dispositivo de desgaste que premia al que impone la agenda y castiga al que reacciona tarde y adjetiva de más.
La tercera señal es social. Cuando la presión es organizada, aparecen recursos. Lo vimos en conflictos puntuales del sector público: meses de pelea, paros medidos, mensaje austero, un reclamo defensable y, finalmente, un acuerdo que sube el piso. El manual es sobrio: negociación dura, relato sin estridencias y objetivos acotados. La lección es para los dos lados: el Gobierno constata que conviene conceder donde duele si la contraparte mostró músculo real; los gremios comprueban que no hay atajos retóricos. ¿Y la CGT? Si sigue en siesta, será parte del problema. Si despierta con realismo —no con épica—, puede volver a ser usina de orden.
Dicho de otra forma: el oficialismo no necesita gustar; le alcanza con que nadie del otro lado mande. Por eso la crisis opositora no es programática; es organizativa. No hay un cisma doctrinario insalvable entre las tribus principales del peronismo; hay biografías en disputa y heridas de liderazgo mal cerradas. Si no hay síntesis por arriba, habrá que votarla. Internas con reglas de verdad, fecha cierta y consecuencias. Lo demás es sobremesa.
Conviene decirlo sin rodeos: la unidad sin orden es consigna para taza; el orden sin unidad, derrota asegurada. 2027 no está lejos. La ventana para componer una oferta competitiva —programa, liderazgo y disciplina— se achica cada semana que la oposición gasta en ajustar cuentas internas. ¿Qué hace falta, entonces? Menos terapia grupal y más ingeniería.
Un programa austero y verificable
No hay que reinventar la rueda. Tres frentes alcanzan para ordenar una propuesta creíble:
1) Ingresos y productividad. Defender un piso de poder adquisitivo en el sector formal y, al mismo tiempo, bajar costos logísticos y regulatorios que traban inversión productiva. Ni maximalismo salarial que dispare precios, ni “flexibilidad” que rompa vidas. El peronismo fue competitivo cuando logró ese equilibrio. Tiene memoria para hacerlo; le falta método.
2) Federalismo con números. Terminar con el respirador discrecional. Regla plurianual para transferencias y obra, con metas objetivas y premios al cumplimiento. Gobernadores que planifican votan mejor; los que mendigan, negocian caro y mal.
3) Estado que decide, no que suplanta. Elegir cinco misiones y medir: salud, escuela, seguridad, infraestructura y justicia. Cada peso con resultado y tablero público. El resto, podar, simplificar o terciarizar con contratos serios. Menos laberinto administrativo y más ventanilla que funcione.
No es poesía. Es una arquitectura mínima que cualquier electorado adulto puede entender. Con una condición: que alguien la defienda todos los días, sin contradecirse cada semana.
La estrategia: mando, disciplina, territorio, sobriedad
Mando. Un jefe o una jefa. No un coro. La política no perdona el empate permanente. Quien conduzca debe hablar poco, marcar línea y cuidar el dato. Si no hay síntesis, que la den las urnas internas.
Disciplina. Bancadas que ordenen agenda y no corran detrás del trending topic. Prioridades claras: dos o tres batallas por trimestre; las demás, acompañamiento inteligente. El que rompe, paga; el que se alinea, conduce mañana.
Territorio. Intendentes y sindicatos como músculo, pero con tablero común. Nada de feudos con marca propia. Metas trimestrales, mapas de riesgo, logística para movilizar sin sobreactuar. La épica vacía espanta al votante que quiere previsibilidad.
Sobriedad. El país ya no compra relatos heroicos; compra calma, consistencia y un poco de humildad. Menos adjetivo, más evidencia. Menos “modelo”, más “plan”. Menos tele, más planilla. A veces el gesto más revolucionario es decir “no sé” y volver con el dato mañana.
La oposición como bien público
Una democracia sin contrapeso serio se oxida. El oficialismo, con su programa, merece una oposición que lo obligue a argumentar cada reforma, a medir cada recorte y a justificar cada privilegio que toca o preserva. Eso no se consigue con indignación perpetua ni con nostalgia. Se consigue con trabajo metódico: equipos que auditen números, abogados que sigan expedientes, economistas que ofrezcan alternativas financiadas, comunicadores que cuenten sin gritar, sindicalistas que peleen sin regalar el sentido común.
¿Y si el peronismo no logra ordenarse? Entonces la discusión será si otra fuerza ocupa ese lugar o si el Gobierno reelige por walkover. Ninguna de las dos opciones es saludable: la primera, porque improvisar contrapesos es caro; la segunda, porque el poder sin rival tiende a confundirse con razón. En ambos escenarios, el precio lo paga la sociedad, no las cúpulas.
Los límites del oficialismo
Conviene también mirar el otro lado con ojos fríos. El plan del Ejecutivo depende de tres hilos: que el humor financiero no se dé vuelta, que la conflictividad social se mantenga acotada y que la justicia sostenga su metrónomo. Los tres pueden tensarse. Un shock externo te recuerda que el “orden” era, en parte, expectativa; un conflicto mal resuelto derrama ejemplo; una causa que no avanza o se cae te desarma el libreto. El Gobierno lo sabe. Por eso acelera ahora. Por eso no regala interlocución a quien no tenga firma.
Ese vértigo explica los decretos veloces, las reformas en racimo y la obsesión por el relato del “orden”. Es inteligente desde su interés. Pero no es invencible. De hecho, su mayor fortaleza —la disciplina— es también su talón de Aquiles si enfrente aparece un orden alternativo que no grite, que no prometa imposibles y que aprenda a decir “esto sí, esto no, esto espera”.
2027: elegir entre adultez y abismo
El peronismo tiene dos caminos. O elige jefe y método —aunque duela—, o sigue administrando el empate interno hasta que el calendario lo deje sin aire. “Unidad” no es apilar apellidos en una foto. Es fijar un rumbo, repartir tareas y aceptar que del otro lado hay un gobierno que no va a frenar porque la oposición se indigne en un comunicado.
No se trata de volver a un pasado idealizado. Se trata de hacer política en serio: sumar lo que sirvió, corregir lo que falló y abandonar lo que sólo funcionaba a fuerza de viento de cola. El electorado ya no espera milagros; espera previsibilidad. Quiere que le digan la verdad, que no le toquen el bolsillo sin explicar cómo y por qué, que la calle sea transitable, que su escuela no sea un depósito. No pide épica; pide adulto a cargo.
Final: cuidar la cabeza, no el aplauso
La política vive tentada por el aplauso fácil: la frase que incendia, el tuit que viraliza, el enemigo perfecto. Sirve un día; pierde elecciones después. Si la oposición quiere ser alternativa, tiene que volver a entusiasmar con algo conservador en el mejor sentido: orden, mérito, instituciones que funcionen, ley que se cumple, Estado que sirve, mercado que produce, sociedad que no se devora. Clásicos. De esos que no fallan cuando se aplican con paciencia y control.
Orden contra vacío. Hoy gana el orden. Que no sea por walkover. Si el peronismo quiere jugar de verdad, que elija capitán, que escriba el plan y que salga a la cancha sin gritar. La democracia —y el propio oficialismo, aunque no lo admita— lo necesita. Porque cuando el poder encuentra diques, mejora; cuando navega solo, se cree mar. Y no lo es.
