Segunda etapa o segunda temporada
Entre viernes y lunes se movieron nombres y sillas; la calle se quedó con la misma pregunta: ¿esto me mejora la vida o sólo cambia el organigrama? Renuncias, ascensos, realineamientos, y el viejo anhelo de un atajo: dolarizar. La palabra vuelve como promesa de paz de precios. Pero gobernar no es cambiar de moneda; es poner reglas, prioridades y responsabilidades con fechas.
La dolarización seduce porque promete lo que falta: estabilidad. Pero es una estabilidad prestada. Si la tasa en Estados Unidos sube por su propia inflación, entramos en recesión acá aunque la nuestra ceda. Si el dólar global se aprecia, cae nuestra competitividad aunque hagamos bien los deberes. Eso no es política económica: es tercerización de la política.
Los defensores dirán que así se “cura” la indisciplina criolla. Que sin soberanía monetaria no hay margen para el desbarranque. Pregunto: ¿desde cuándo renunciar a una herramienta es el camino adulto? La madurez no es romper el martillo para no clavar mal; es usar el martillo con un plano y un capataz que firme lo que hace. Las formas, sí: presupuesto creíble, metas públicas, evaluaciones trimestrales, consecuencias si no se cumplen.
Está el costo de entrada, que casi nadie explicita en voz alta. Para arrancar, se necesitan entre 30 y 40 mil millones de dólares sólo para canjear la base monetaria, reservas bancarias y circulante. A eso se suman vencimientos a corto plazo en bonos en pesos por otros 50 mil millones. Y no termina ahí: ese modelo demanda deuda continua o superávit externo sostenido para pagar intereses, utilidades que salen y el consumo en dólares de una economía que quiera crecer. ¿Tenemos esa energía exportadora hoy, o vamos a vivir pidiendo prestado para comprarle al vecino?
Se nos promete que la dolarización “acaba con la inflación”. Puede abatirla, sí, al precio de inmovilizar el resto del cuerpo. Y si los dólares faltan —porque la balanza se da vuelta, porque cae el precio de lo que vendemos, porque las inversiones no llegan— aparece la hipocresía: cuasimonedas para el día a día, ajustes silenciosos por desempleo y caída de salarios, y servicios públicos que se apagan primero en los bordes. La estabilidad sin proyecto se paga en los barrios.
No idealizo el pasado. Ya sabemos cómo terminan las soluciones mágicas: primero ordenan la columna de precios, después desordenan el tejido productivo. Y cuando llega la sequía o la tasa externa, vuelve el viejo péndulo: más deuda, menos industria, menos trabajo formal. Lo hemos visto. No hace falta repetirlo como destino.
¿Qué pide entonces esta “segunda etapa” para ser algo más que segunda temporada?
Programa antiinflacionario con anclas múltiples: metas de inflación realistas, coordinación de precios e ingresos por sectores y cláusulas de salida si se incumple.
Pacto fiscal federal: menos tributos distorsivos, calendario claro de transferencias, premios por inversión y empleo registrado.
Crédito y exportaciones: financiamiento productivo atado a compromisos de valor agregado y ventas externas; no a la bicicleta.
Datos y evaluación: actas públicas semanales de la mesa económica; cada ministerio con tres KPI y responsable con nombre y apellido.
Protección del piso social: si hay ajuste, orden de prioridades: primero política y privilegios; último, salud, escuela y mesa. Sin eso, cualquier estabilidad es un lujo ajeno.
A la oposición le toca oficio: cuando llegue una simplificación tributaria que cuide a los chicos —monotributo social, canasta básica—, voten sí; cuando llegue desregulación sin defensas del consumidor ni ambiente, voten no. Y expliquen por qué, en el recinto y por escrito. La forma es el contenido.
A los mercados, una línea: la confianza no es un aplauso de lunes; es un contrato de viernes a viernes. Si hay plan verificable, el capital se queda. Si hay selfies y promesas, se va antes de pagar el café.
Yo soy conservador en algo que no pasa de moda: las formas importan. Importan porque cuidan a los de abajo primero. Porque hacen predecible el precio del colectivo y la cuota del alquiler. Porque enseñan que innovar desde la tradición es posible: modernizar sin humillar, reformar sin arrasar, estabilizar con trabajo adentro.
Dolarizar puede sonar a épica. Gobernar suena a aburrido: presupuestos, metas, auditorías. Hagamos lo aburrido. Es lo que hacen los países que crecen. Escriban el plan, fírmenlo, publíquenlo y cúmplanlo. Todo lo demás es ruido en una moneda u otra.
Con vendaval o sin él, este lunes vuelve a ser lunes. La Argentina real —la que no tuitea y madruga— no pide milagros. Pide seriedad con empatía. Y eso, por suerte, todavía se puede pagar en pesos.
