Pablo y no mirar hacia otro lado

Hay hechos que no admiten metáforas. Hay golpes que no se pueden envolver en eufemismos técnicos ni en comunicados policiales. Y hay cuerpos que, por más que el poder intente convertirlos en estadística, se vuelven evidencia viva. El caso de Pablo Grillo es uno de esos cuerpos.

Doce de marzo. Frente al Congreso. Un fotógrafo con una cámara. Un disparo directo a la cabeza. Ocho cirugías después, la familia sigue peleando contra algo más grande que la violencia: el olvido. Por eso enviaron una carta a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Porque en Argentina, hoy, pedir justicia se volvió un acto de resistencia.

Mientras el Estado argentino defendía su desempeño en una audiencia pública en Miami, las organizaciones de derechos humanos mostraban otra escena: periodistas baleados, gases disparados a la cabeza, un gabinete que define como “protocolos” lo que la calle conoce como represión. Y en el centro de ese debate, la familia de Pablo dijo algo que ningún funcionario quiso escuchar: “Pablo no es un número ni un daño colateral”.

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La carta no acusa con rabia, sino con precisión. Describe cómo la vida del fotógrafo quedó en suspenso después del impacto, cómo las intervenciones quirúrgicas se volvieron parte del calendario familiar, cómo cada secuela física es también un mensaje político: cuidado con mirar, cuidado con registrar, cuidado con estar en la calle.

Porque eso es lo que está en juego. No solo el cuerpo de un fotógrafo, sino la advertencia silenciosa que se instala cuando un Estado decide criminalizar la presencia en el espacio público. Cuando se naturaliza que las fuerzas federales disparen armas “de baja letalidad” a zonas vitales, como si la semántica alcanzara para borrar el daño.

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Lo que la familia reclama a la CIDH es simple y a la vez devastador: que el caso de Pablo sea incorporado como evidencia de violación de derechos humanos en Argentina. Evidencia. No relato, no sospecha, no debate. Evidencia. La palabra pesa porque obliga a mirar lo que en el discurso oficial se intenta tapar.

La carta también pide algo que debería ser obvio en cualquier democracia: que el Estado deje de disparar proyectiles a la cabeza de manifestantes. Que la protesta no sea tratada como delito. Que la vida no sea un daño colateral del orden.

Pero lo más triste es esto: tienen que pedirlo afuera porque puertas adentro, según dicen, la respuesta del Gobierno es indiferencia, negación o burla. En un país con memoria de sobra sobre estos temas, esa indiferencia es alarmante. Y peligrosa.

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Hay momentos donde un país tiene que elegir si acepta el cinismo como forma de vida o si se planta. Si renuncia a su sensibilidad democrática o la defiende. Porque cuando un fotógrafo cae por hacer su trabajo, lo que se hiere no es solo un individuo: se hiere la posibilidad de mirar, de contar, de registrar.

La familia de Pablo lo entendió antes que todos. Por eso llevaron su dolor —su carta, su relato, su verdad— a una instancia internacional. No para escalar un conflicto, sino para evitar que se repita. Para recordar que las garantías constitucionales se defienden cuando alguien las pisa, no cuando los discursos las celebran.

Pablo Grillo aún está peleando por su vida.
El país, por su dignidad.

Y cuando un Estado se acostumbra a mirar hacia otro lado, es la sociedad la que tiene que obligarlo a ver.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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