Milei volvió a insultar periodistas mientras Sturzenegger intentaba defender la gestión con datos
Federico Sturzenegger publicó una columna en La Nación para reivindicar los resultados económicos del Gobierno. Javier Milei celebró el texto, pero volvió a convertir una discusión sobre cifras y políticas públicas en una catarata de agravios contra periodistas y críticos. La escena expone una vez más la dificultad del oficialismo para tolerar el disenso cuando la economía todavía no logra convencer en la vida cotidiana.
Federico Sturzenegger eligió este domingo una vía relativamente clásica para defender al Gobierno: escribió una columna en el diario La Nación, titulada “Más allá del ruido”, en la que repasó distintos indicadores que, según su interpretación, muestran una evolución favorable desde la llegada de Javier Milei al poder. El ministro de Desregulación destacó el desempeño de la actividad, las exportaciones, el resultado fiscal, la pobreza y otros datos económicos, y sostuvo que el rumbo debe mantenerse pese a las críticas. Hasta ahí, una discusión política normal: un funcionario expone cifras, las interpreta y trata de convencer a la sociedad de que la gestión funciona. El problema apareció después, cuando el Presidente decidió intervenir.
Milei compartió la columna y elogió a Sturzenegger como “el Coloso”, pero rápidamente abandonó cualquier intento de debate económico para regresar a uno de sus registros habituales: el insulto. “A las mierdas humanas que se la pasan mintiendo, esta catarata de datos no les gustará”, escribió, y luego agregó que “ya vendrá algún sorete” a confrontar esos números con encuestas. Finalmente volvió a descalificar de manera generalizada al periodismo argentino, al que ubicó en un supuesto 95% de rechazo. El porcentaje incluso se convirtió en motivo de ironía porque días antes el Presidente había hablado de un 96,5%, como si la relación institucional entre el jefe de Estado y la prensa pudiera reducirse a una estadística improvisada de enemigos.
La escena vuelve a revelar uno de los grandes problemas de la conducción libertaria. Sturzenegger intenta argumentar; Milei necesita agredir. El ministro presenta números; el Presidente construye adversarios. En lugar de discutir si esos datos económicos efectivamente representan una mejora generalizada, Milei transforma cualquier objeción en una acusación moral contra quien la formula. El mensaje implícito es siempre el mismo: si alguien cuestiona al Gobierno, no está interpretando la realidad de otra manera, sino mintiendo, conspirando o actuando por dinero.
Sturzenegger sostuvo en su artículo que los principales indicadores muestran una tendencia favorable y comparó la situación actual con la experiencia del gobierno de Mauricio Macri. También admitió que existen sectores de la economía y del mercado laboral que todavía atraviesan dificultades, aunque argumentó que esos problemas deben observarse dentro de un panorama más amplio. Esa aclaración resulta central, porque justamente allí se concentra buena parte de la discusión que Milei intenta cancelar mediante insultos: una cosa es mostrar determinados avances macroeconómicos y otra muy distinta demostrar que esos resultados mejoraron efectivamente la vida cotidiana de la mayoría.
El Gobierno puede exhibir equilibrio fiscal, crecimiento de determinadas exportaciones o recuperación de algunos indicadores. Pero al mismo tiempo enfrenta salarios que continúan deteriorados frente a numerosos gastos, familias cada vez más endeudadas, aumentos tarifarios que superan la inflación y dificultades persistentes en el consumo. Nada de eso invalida automáticamente los datos positivos que menciona Sturzenegger. Del mismo modo, esos datos positivos tampoco convierten en mentiroso a quien señala las zonas donde el programa económico no funciona.
Ahí aparece una diferencia política profunda con la tradición que representa Cristina Fernández de Kirchner. Cristina también protagonizó enfrentamientos duros con medios de comunicación y periodistas, pero su argumentación política se apoyó durante años en una discusión concreta sobre concentración mediática, regulación de mercados, distribución del ingreso, industria nacional y rol del Estado. Sus discursos podían ser confrontativos, pero estaban insertos en una concepción reconocible de país. Milei, en cambio, tiende cada vez más a reemplazar la discusión por la descalificación personal y a considerar que todo cuestionamiento a su gestión forma parte de una operación.
La paradoja es que el oficialismo llegó al poder prometiendo defender la libertad individual y terminar con las prácticas autoritarias que atribuía al kirchnerismo. Sin embargo, en materia de debate público, Milei construyó una relación particularmente hostil con quienes piensan distinto. Un periodista que critica al Gobierno es un “ensobrado”; un economista que advierte problemas puede convertirse en “traidor”; un antiguo aliado pasa rápidamente a integrar la lista de enemigos si deja de acompañar cada decisión presidencial. La libertad parece ser un valor absoluto siempre que no se utilice para cuestionar al Presidente.
Esa lógica también termina debilitando al propio Gobierno. Si Sturzenegger realmente cree que los datos respaldan su gestión, debería bastar con publicarlos, explicarlos y defenderlos. El insulto presidencial termina produciendo el efecto contrario: desplaza la discusión económica y vuelve a colocar en primer plano el temperamento de Milei. El problema deja de ser si la actividad creció o si las exportaciones mejoraron y pasa a ser por qué un Presidente necesita degradar públicamente a periodistas cada vez que aparecen interpretaciones distintas de la suya.
Cristina Kirchner fue durante años presentada por el antikirchnerismo como el paradigma de la confrontación política. Sin embargo, la experiencia libertaria obliga a revisar esa simplificación. Cristina discutía poder, intereses económicos, medios de comunicación y modelos de desarrollo. Milei muchas veces parece discutir directamente con personas, insultarlas y expulsarlas simbólicamente del debate legítimo. Son dos estilos de confrontación distintos y, sobre todo, dos concepciones diferentes de la política.
El problema para Milei es que el enojo no puede sustituir indefinidamente los resultados. Puede publicar diez veces una columna de Sturzenegger, descalificar a cada periodista que la cuestione y adjudicar mala fe a toda encuesta negativa. Pero si una familia debe endeudarse para pagar el supermercado o si un trabajador siente que su salario sigue perdiendo capacidad de compra, ninguna catarata de insultos modificará esa experiencia.
El Gobierno insiste en que los datos muestran que Argentina está mejor. Sus críticos responden que buena parte de esa mejora todavía no llegó al bolsillo. Esa es una discusión legítima y debería resolverse con información, argumentos y políticas públicas.
Cuando el Presidente responde con agravios, no demuestra fortaleza.
Demuestra que cada vez le cuesta más aceptar que existen realidades que no controla con un posteo.
