Los enemigos útiles y la moralidad: la política argentina en modo espectáculo
Hay momentos en que un gobierno no sólo administra: también dirige una obra. Y cuando la obra pierde tensión, aparece el recurso más viejo del teatro político: elegir un antagonista nítido, alguien que funcione como espejo invertido. Con la oposición todavía desordenada y la centralidad presidencial en alza después de octubre, Javier Milei parece inclinarse por esa lógica de ring. No es una novedad: en la Argentina, el poder rara vez resiste la tentación de convertir la discusión pública en una pelea de personajes.
En ese tablero, Axel Kicillof y Claudio “Chiqui” Tapia son rivales de manual, pero por razones distintas. Kicillof ofrece territorio, gestión, conflicto institucional: presupuesto, seguridad, deuda, conurbano, la provincia como máquina grande y lenta que condiciona cualquier plan nacional. Tapia ofrece otra cosa, más delicada: el fútbol como religión civil, con su estructura de poder, sus arbitrajes, sus cajas, sus lealtades y su capacidad de incendiar la conversación pública con una chispa. Uno es disputa de Estado; el otro es disputa de símbolo. Y los símbolos, cuando arden, iluminan más que los números.
El problema no es que haya conflicto. La política democrática, guste o no, se ordena con conflicto: intereses contrapuestos, negociación, instituciones, reglas. El problema es cuando el conflicto deja de ser sobre consecuencias reales y se vuelve una guerra moral para consumo rápido. Ahí entra la “moralidad mediática”: esa escuela de salvadores que promete purificar el país a fuerza de indignación, como si la decadencia se arreglara con sermones, escraches y frases virales.
En esa escena, la corrupción deja de leerse como parte de un sistema —donde el dinero compra influencia, donde la precariedad debilita controles, donde el mercado empuja a la política a venderse— y se transforma en un cuento infantil: “los malos políticos” contra “los buenos puros”. La trampa es perfecta porque conmueve y simplifica. Y porque permite borrar la pregunta central, la menos sexy pero la más decisiva: cómo se distribuye la riqueza, quién paga el costo del ajuste, quién gana con las reglas nuevas, quién queda afuera.
Si se impone esa moralina, la política se vuelve catecismo. Y entonces asoma, como candidato ideal de época, el personaje mediático con aura de redentor: puede venir del streaming o de un púlpito evangélico; el formato cambia, la función se repite. Promete orden, promete limpieza, promete salvación sin esfuerzo ciudadano: usted mire, aplauda, crea. La democracia, que es lenta y trabajosa, se reemplaza por liturgia. No deliberación, sino fe. No instituciones, sino espectáculo.
¿Y por qué este giro importa tanto? Porque la moralidad mediática no fortalece la ética: la destruye. La ética es exigente, se construye con límites, memoria, procedimientos, con una idea de lo común que no depende del humor del día. La moralina, en cambio, es hiperinflación de indignación: sube rápido, compra aplausos, y suele terminar en el reino de los canallas, esos que se declaran virtuosos mientras usan la pureza como arma para disciplinar y perseguir selectivamente.
Mientras tanto, el Gobierno avanza con su agenda dura —presupuesto, reformas, códigos— y necesita aire político para sostenerla. El enemigo útil cumple esa tarea: corre el eje. Si la conversación pública se llena de villanos disponibles, la discusión sobre salarios, empleo, actividad, productividad, educación y seguridad se vuelve ruido de fondo. La gente se pelea por la pantalla, no por el plato. Y cuando eso pasa, el país pierde el debate adulto: el de las consecuencias.
No se trata de defender a nadie por deporte ni de repartir certificados de bondad. Se trata de mirar el mecanismo con frialdad. Un país serio no se salva con pastores en prime time ni con influencers de república. Se salva con instituciones que funcionen, con reglas estables, con una cultura política que tolere el desacuerdo sin convertirlo en exterminio moral. Tradición, en el mejor sentido: procedimientos, moderación, memoria, límites. Lo contrario es un salto al vacío con banda sonora épica.
La Argentina no necesita más salvadores. Necesita ciudadanía menos hipnotizada, oposición menos apichonada, oficialismo menos tentado por el ring y una conversación pública que vuelva a lo esencial. Porque si la política se reduce a espectáculo moral, lo que queda no es virtud: es humo. Y con humo, nadie come.
