El cansancio social

El cansancio social

Hay un cansancio que no entra en las planillas ni en las cadenas nacionales, pero está en cada sobremesa, en cada chat familiar, en cada cola del supermercado: el de vivir pensando en números como si fueran oxígeno. No es únicamente que suban los precios o que falte trabajo. Es algo más corrosivo: la sensación de que sostener lo elemental se volvió una batalla diaria, y que el margen para equivocarse desapareció.

Un reciente relevamiento académico le puso nombre a lo que ya se palpa a simple vista: una porción enorme del país —casi la mitad— vive con “estrés económico”. No hablamos solo de pobreza medida en porcentajes, sino de hogares enteros que funcionan en modo supervivencia. Se achican porciones, se apaga la estufa antes de tiempo, se paga una boleta con el miedo de que la próxima no entre. La vida cotidiana se convirtió en una cuenta regresiva.

Y entonces aparece el discurso oficial, el de la épica del ajuste, el de la macro como religión, y uno se pregunta: ¿de verdad creen que esto es una simple transición estadística? Porque el gobierno de Javier Milei habla como si el dolor social fuera un ruido de fondo aceptable, como si la ansiedad de la gente fuera un costo “inevitable” del “ordenamiento”. A fuerza de repetir que “no hay alternativa”, terminan defendiendo algo peor: la idea de que el sufrimiento ajeno no merece ni una frase humana.

Durante años, con todos sus defectos, la Argentina tuvo una promesa sencilla, casi tradicional: estudiar, trabajar, progresar. Era imperfecta, sí, pero existía. Hoy esa escalera se astilló. Hay un núcleo grande de población que queda trabado en la pobreza sin salida, incluso cuando algún indicador mejora o cuando el poder se entusiasma con una curva. La pobreza deja de ser un bache y se convierte en destino. Y cuando el destino se hereda, ya no estamos discutiendo economía: estamos discutiendo el tipo de país que permitimos.

La clase media, que debería ser la columna vertebral de una sociedad estable, se afina y se asusta. Ya no mira hacia arriba con aspiración, mira hacia abajo con terror. Ese miedo es un hecho político, aunque Milei lo trate como “sensiblería”. La gente no pide milagros: pide previsibilidad. Pide que el trabajo valga, que el ahorro no sea un chiste cruel, que planificar no sea un acto de fe.

En ese cuadro, los programas de asistencia funcionan como un respirador: sostienen, evitan el derrumbe inmediato, compran tiempo. La asignación, la tarjeta, los refuerzos alimentarios… son un dique que impide que millones caigan al vacío. Negarlo es un acto de ignorancia o de cinismo. Pero también es cierto que esa red, por sí sola, no reconstruye movilidad. Contiene, no repara. Y ahí aparece la obligación del Estado serio —el de toda la vida, el que cuida a su gente sin vender humo—: que la ayuda sea puente, no estacionamiento.

El problema es que el mileísmo no quiere puentes: quiere podios. En lugar de discutir cómo se transforma la asistencia en empleo formal, capacitación real y tejido productivo, se elige el atajo moralista: señalar al que recibe ayuda como sospechoso y al que reclama como enemigo. Es un gobierno que confunde autoridad con maltrato, reforma con crueldad, coraje con desprecio. Y eso, además de injusto, es ineficaz: una sociedad humillada no se ordena, se quiebra.

Hay otra dimensión que suele subestimarse: la económica también enferma el ánimo. Cuando todo se vuelve cálculo, el cuerpo lo paga. Crece la ansiedad, la irritabilidad, el insomnio, la angustia muda. Y se instala una “pobreza emocional” que se nota en el humor social: bronca, apatía, sarcasmo, desconfianza. No es solo falta de plata; es falta de horizonte. Milei, con su tono de guerra permanente, no solo no calma ese clima: lo alimenta. Hace política como si el país fuera un ring, y después se sorprende de que haya gente agotada.

Donde el cuadro se vuelve directamente inmoral es en la infancia. En los hogares con chicos, la precariedad pega más duro, porque no se recorta un gusto: se recorta alimento, abrigo, tiempo escolar, salud. Cuando comer bien se vuelve un privilegio, cuando estudiar se vuelve un esfuerzo heroico y no una rutina, cuando jugar parece un lujo, el daño no se mide en un mes: se mide en décadas. Y sin embargo seguimos escuchando diagnósticos fríos, discursos de mérito abstracto y una épica del sacrificio que casi nunca se aplica sobre quienes tienen espalda para soportarlo.

La Argentina necesita cambios, claro. Nadie sensato defiende el estancamiento ni el derroche ni la mentira. Pero hay una diferencia esencial entre ordenar y desamparar. Entre reformar y castigar. Entre pedir esfuerzo y celebrar el dolor. Milei eligió el camino más fácil para un tribuno y el más peligroso para un país: reemplazar la responsabilidad por la provocación, la prudencia por la motosierra, el cuidado por la burla.

Lo más alarmante, al final, no es cuántos son los pobres ni cuán alta es la inflación de ayer. Lo más grave es cuántos se van acostumbrando a vivir en la intemperie, como si fuera normal. Y eso sí es una derrota cultural: cuando una sociedad naturaliza la precariedad, después ya no sabe reconstruir dignidad. Si el gobierno insiste en administrar el cansancio como si fuera disciplina, va a lograr lo contrario de lo que promete: no una Argentina ordenada, sino una Argentina exhausta.

¿De verdad este era el plan? ¿Que la gente viva con la cabeza haciendo cuentas mientras desde arriba se aplaude el “aguante” como si fuera virtud? Un país serio se mide también por cómo trata a quien no llega. Y hoy, con Milei, lo que se está haciendo no es grandeza ni modernidad: es una apuesta temeraria a que el aguante sea infinito. Spoiler: no lo es.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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