Diputados le dio a Milei su “semana perfecta”: Europa, castigo juvenil y reforma laboral en puerta

Con el acuerdo UE–Mercosur ratificado y la baja de imputabilidad a 14 ya con media sanción, el Gobierno encadena triunfos legislativos que ordenan el tablero a favor del mercado y del punitivismo. La reforma laboral asoma como el cierre: menos derechos, más precariedad y una Argentina donde el ajuste se vuelve doctrina.
Milei necesita una épica permanente para disimular lo esencial: gobierna con la lógica del shock. No administra un país; lo somete a una terapia de “dolor necesario” que, casualmente, siempre duele del mismo lado. Esta semana el Congreso le entregó tres piezas clave para sostener ese relato: la ratificación del acuerdo UE–Mercosur, la media sanción de la baja de la edad de imputabilidad a 14 años y el impulso final a la reforma laboral, que el oficialismo quiere votar sin tocar una coma. La coreografía es clara: apertura comercial, endurecimiento penal juvenil y flexibilización del trabajo. Es decir, mercado libre para los fuertes, mano dura para los débiles y derechos en liquidación.

La ratificación del acuerdo con Europa se vendió como modernidad y “oportunidad histórica”. Pero, en una economía que ya viene golpeada y con industria funcionando a media máquina, la apertura no es un salto al futuro: puede ser un empujón al vacío. Milei festeja números de votos como si fueran dólares entrando al Banco Central. No lo son. Son, en el mejor de los casos, promesas. Y en el peor, un mecanismo de subordinación productiva: exportar materias primas, importar bienes con valor agregado, resignar empleo industrial, y llamar “competitividad” a la caída del salario real. El Gobierno celebra porque el acuerdo encaja perfecto en su dogma: menos Estado, menos protección, menos política industrial. El problema es que esa fórmula no es nueva; es vieja, repetida y conocida por sus resultados: concentración, desindustrialización y dependencia.

Como si el paquete no alcanzara, Diputados también dio media sanción a la baja de imputabilidad a 14 años. El oficialismo la presenta como “respuesta” frente al delito. En realidad, es una respuesta frente a la ansiedad social: te ofrecen un culpable claro —adolescentes pobres— para que no mires el fracaso estructural. No se discute en serio qué pasa con el sistema de niñez, con las escuelas que expulsan, con los barrios sin Estado, con la economía que se vuelve un campo minado de informalidad y desesperación. Se discute el número: 14, 13, 16. Un debate cómodo, casi de pizarra, que evita la pregunta incómoda: ¿qué política de cuidado propone Milei? Ninguna. Porque cuidar cuesta. Castigar es barato, suena firme y rinde en redes.

Y en ese clima, asoma la reforma laboral como el cierre natural del tríptico. Milei y los suyos la presentan como “destrabar el empleo”. Pero lo que suele destrabar una reforma laboral de este tipo no es el empleo: es el despido barato, la negociación debilitada, la protección erosionada. El Gobierno busca instalar una idea que en Argentina ya se escuchó mil veces: que los derechos laborales son un lujo que el país no puede permitirse. Un país “serio”, dicen, necesita trabajadores más “flexibles”. Traducción: más indefensos. Cuando el proyecto productivo no existe, cuando no hay política industrial, cuando la economía se contrae, lo único que queda para mostrar es “reformas” que ajustan por dentro de la sociedad: contra el salario, contra la estabilidad, contra el poder de negociación.

En el medio, aparece el detalle técnico que pinta el cuadro completo: la discusión para que los salarios puedan pagarse en billeteras virtuales. Lo venden como libertad de elección. Lo que no dicen es lo obvio: si el salario se convierte en una mercadería más dentro del circuito fintech, se abre una disputa por comisiones, por captación de fondos y por control de la relación trabajador–dinero. Milei no tiene una política social; tiene un mercado. Todo lo que toca lo convierte en transacción. Hasta el sueldo.

El patrón se repite: el Gobierno construye poder no resolviendo problemas, sino reencuadrándolos para que su ideología sea la única respuesta posible. Si hay crisis industrial, la respuesta es abrir. Si hay delito, la respuesta es bajar edades. Si hay empleo informal, la respuesta es flexibilizar. Siempre la misma dirección: menos protección para quien necesita protección, más ventaja para quien ya tiene ventaja. Es un modelo moral, además de económico: responsabilizar al individuo, limpiar al Estado de obligaciones y llamar “libertad” al sálvese quien pueda.

Y acá viene lo que Milei no quiere discutir: lo que está en juego no son leyes sueltas, sino el tipo de sociedad que se está fabricando. Una donde la industria es prescindible, la adolescencia vulnerable es un problema penal y el trabajo es un costo a recortar. Milei puede acumular victorias legislativas, sí. Pero una cosa es ganar votaciones y otra muy distinta es construir futuro. En Argentina, la historia es cruel con los gobiernos que confunden el aplauso del mercado con el bienestar de la gente. Y esta agenda, por más “moderna” que la vendan, huele a pasado: el pasado donde unos pocos avanzan y la mayoría retrocede.

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Francisco Sciaky

Periodismo

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