La economía de Milei muestra su límite: baja la inflación, pero la actividad y el empleo siguen rezagados
El Gobierno exhibe la desaceleración de los precios como principal logro de su programa, pero los últimos datos oficiales muestran una economía todavía frágil. La actividad cayó 2,9% en julio respecto de junio, el desempleo se ubicó en 7,9% en el segundo trimestre y el crédito al consumo volvió a retroceder en términos reales. El modelo estabiliza algunas variables, pero todavía no logra transformar esa estabilidad en una mejora generalizada de la vida cotidiana.
Javier Milei convirtió la baja de la inflación en la columna vertebral de su gestión económica. Y es cierto que el índice de precios mostró una fuerte desaceleración respecto de los niveles heredados: en septiembre la inflación mensual fue de 1,9% y la variación interanual quedó en 33,4%. Ese resultado le permite al Gobierno sostener que el ajuste fiscal, la restricción monetaria y el nuevo régimen cambiario consiguieron estabilizar una economía que había llegado a niveles críticos.
Pero debajo de ese dato aparece una realidad más incómoda. El Estimador Mensual de Actividad Económica mostró en julio una caída de 2,9% respecto de junio, la mayor baja mensual desde 2020, y un retroceso de 1,4% en la comparación interanual, mientras que la tasa de desocupación alcanzó el 7,9% durante el segundo trimestre. Según la Secretaría de Trabajo, además, el empleo asalariado formal privado tiene 134.500 puestos menos que hace un año (-2,2%), mientras el crecimiento del empleo se concentró principalmente en el monotributo y en modalidades informales.
El problema del programa libertario ya no pasa exclusivamente por controlar los precios. Pasa por demostrar que esa estabilidad puede convivir con crecimiento, empleo formal y recuperación del poder adquisitivo. Hasta ahora, esa segunda parte aparece mucho menos consolidada. La inflación baja, pero millones de hogares siguen enfrentando salarios debilitados, dificultades para sostener el consumo y un mercado laboral que no ofrece suficientes empleos formales.
El comportamiento del crédito también refleja esa fragilidad. Según el Banco Central, en septiembre los préstamos en pesos al sector privado se contrajeron en términos reales y desestacionalizados, y las líneas destinadas al consumo volvieron a caer durante el mes. Es un dato relevante porque muestra que, incluso con una inflación más baja, las familias no necesariamente recuperaron capacidad financiera suficiente para ampliar su consumo.
A esto se suma una tensión que el Gobierno todavía no resolvió por completo: la acumulación de reservas. El Banco Central volvió a comprar divisas en octubre y aceleró las adquisiciones respecto de septiembre, pero la disponibilidad de dólares continúa siendo una variable central para la sustentabilidad del esquema cambiario. El problema es particularmente importante en una economía donde la estabilidad depende en buena medida de la confianza en el peso y de la capacidad oficial para administrar cualquier incremento de la demanda de dólares.
El frente externo ofrece, de todos modos, una señal favorable para el Ejecutivo. En septiembre las exportaciones alcanzaron los US$10.036 millones y las importaciones los US$7.060 millones, lo que dejó un superávit comercial de US$2.976 millones. Es un colchón significativo para una economía que necesita divisas. Pero un superávit comercial no sustituye por sí solo la necesidad de crecimiento interno, inversión sostenida y recuperación de ingresos.
También persisten señales de presión sobre los precios hacia adelante. Mientras la inflación minorista de septiembre fue de 1,9%, los precios mayoristas subieron 3,2% durante el mismo mes. No implica necesariamente que esa diferencia vaya a trasladarse automáticamente al consumidor, pero sí introduce una señal que obliga a seguir con atención los próximos meses.
