El país de los hermanos y el Fondo
Mientras la dirigencia política juega a los enroques de candidaturas como si fuera ajena al derrumbe, el Fondo Monetario Internacional lanza advertencias cada vez más explícitas: las reservas están en un estado crítico, el modelo no cierra y la soga ya está contra el cuello. Sin embargo, lo que más parece importar en la Casa Rosada no es el rumbo económico, sino el reordenamiento interno de una estructura de poder cada vez más doméstica, más cerrada, más impropia.
A Karina Milei, la llaman “El Jefe”. Pero no por la autoridad que otorgan las urnas o la experiencia, sino por la obediencia que inspira su cercanía con el Presidente. La lógica de este gobierno ya no se basa en partidos, ni en coaliciones, ni siquiera en relatos. Se basa en vínculos de sangre, en fidelidades personales, en proyectos que mezclan cruzadas ideológicas con ambiciones familiares.
Es curioso: mientras el Fondo impone ajustes y sugiere reformas con el tono seco de quien sabe que puede cortar el oxígeno cuando quiera, Karina Milei reparte helado en su despacho y decide listas de candidatos como si fueran fichas de dominó. ¿Cómo llegamos a este contraste entre una macroeconomía supervisada por JP Morgan y una micropolítica regida por afinidades personales?
La diarquía entre Javier y Karina Milei es, en los hechos, el único pilar estable del gobierno. Ni el Congreso, ni los partidos aliados, ni los asesores estrella tienen más poder que esa relación inquebrantable. La vicepresidenta Victoria Villarruel fue corrida de la cancha apenas insinuó que podía pensar por sí misma. Santiago Caputo, el gurú digital, sufrió un reto público por disputarle espacios en las listas. Y el resto… el resto observa, teme o se retira.
Pero no confundamos formas con contenido: Karina Milei no es simplemente “la hermana de”, sino la ejecutora política de un proyecto de acumulación conservador, oportunista, y cada vez más riesgoso. Su obsesión es convertir a La Libertad Avanza en una fuerza nacional capaz de absorber a toda la derecha del país. Pero lo hace con los métodos del pasado: sumando punteros reciclados del menemismo, del massismo, del kirchnerismo. Figuras como Sebastián Pareja o los Menem boys no son libertarios: son sobrevivientes. Y saben acomodarse donde sopla el viento.
Mientras tanto, la economía real está lejos de las intrigas palaciegas. Las ventas caen. El desempleo crece. El consumo se retrae al mínimo indispensable. El propio FMI lo dijo con frialdad quirúrgica: “las reservas son críticamente bajas”. Y aunque desembolsa 2000 millones para llegar a septiembre sin estallar, también deja claro que las condiciones son cada vez más duras. Lo que se firma en Buenos Aires se redacta en Washington. Lo que se vende como estabilidad es deuda con intereses.
A este cuadro lo recorre una pregunta de fondo: ¿hasta cuándo se sostiene esta ficción? ¿Cuánto más puede tolerar la sociedad una política que se parece más a una familia cerrada que a un Estado democrático? ¿Cuánto más puede resistir una economía que se agota de abajo hacia arriba?
No hay todavía una respuesta clara. La oposición está fragmentada, los sindicatos desmovilizados, y la resignación ciudadana —esa mezcla letal de bronca e indiferencia— sigue jugando a favor del oficialismo. Pero la historia enseña que cuando el pan falta y el circo agota, algo se mueve.
Karina Milei puede seguir sirviendo helado. El Fondo puede seguir apretando. Y los estrategas digitales pueden seguir gritando desde Twitter. Pero el país no vive de consignas ni de tuits. Vive —o intenta vivir— del supermercado, del alquiler, del laburo que no alcanza. Ahí, en ese subsuelo cada vez más caliente, se cocina el verdadero desenlace.
Tal vez aún falte. Tal vez no.
Pero ya no se trata de cuándo. Se trata de cuánto más.
Descubrí más de Entre Líneas Políticas
Suscribite para recibir las entradas más recientes en tu correo electrónico.
