Milei y sus derrotas
Doce derrotas consecutivas en Diputados no son un tropezón: son una paliza. Lo sabe Milei, lo sabe su tropa, y lo disfruta una oposición que olió sangre y ya no piensa soltar. No fue un accidente parlamentario: fue la suma de errores políticos, soberbia discursiva y una economía que no muestra ni un tímido brote verde.
El Congreso dejó de ser una molestia menor para el oficialismo y pasó a convertirse en un campo minado. ATN, impuesto a los combustibles, ciencia y tecnología, salud cerebral, caso $LIBRA: todos temas que la oposición impulsa con mayorías sólidas y que pueden convertirse en ley antes de fin de mes. En Balcarce 50 ya afilan el veto, pero el solo hecho de vetar implica pagar un costo político que Milei todavía no sabe cómo administrar.
Porque mientras su equipo recita mantras de “déficit cero” y “batalla cultural” en plazas y actos, las cifras económicas muerden. La construcción se derrumbó un 29% desde noviembre, la industria un 8,4%, las reservas perdieron U$S 1.282 millones en tres días y el déficit comercial con Brasil crece. Todo con inflación al rojo vivo. No es la foto del despegue: es el cuadro de un país que no arranca.
En paralelo, el PRO terminó en una entrega digna de manual de capitulación. Mauricio Macri aceptó quedar fuera de las listas al Senado, relegado en Diputados y con Karina Milei como árbitro final. La foto de ese pacto no es solo política: es el retrato de un macrismo que se resigna a ser furgón de cola del experimento libertario.
Y mientras tanto, Milei se saca la selfie más polémica de la semana: barrio pobre, campera violeta, sonrisa impostada y un cartel de “Kirchnerismo Nunca Más”. Una puesta en escena cerrada al público, diseñada para hablarle al antiperonista de siempre, no al desencantado que cada día tiene menos motivos para ir a votar. Ese sector, el que recuerda el asado del domingo y la cuota fija como un mundo perdido, es hoy el botín que puede definir la elección. Y que, si no encuentra alternativa, optará por quedarse en casa.
En el sindicalismo, la foto de San Cayetano mostró otra cosa: menos músculo en los movimientos sociales, más presencia de gremios y trabajadores formales. El malestar está, pero la unidad política que podría canalizarlo sigue ausente.
Milei entra de lleno a la campaña con un Congreso hostil, una economía que sangra y una alianza con el PRO que huele a claudicación. Tal vez le alcance para mantener a su núcleo duro; tal vez el abstencionismo le juegue a favor. Pero hay una verdad incómoda que ni la retórica más incendiaria puede tapar: en política, como en fútbol, las goleadas dejan huella. Y esta semana, el marcador fue lapidario.
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