Patagonia en llamas

Patagonia en llamas

Mientras el fuego avanza sobre bosques y cercanías de pueblos, brigadistas, vecinos y autoridades corren detrás de un enemigo que se alimenta del viento, la sequedad y años de desorden. La emergencia expone una verdad incómoda: cada enero parece nuevo, pero la película es la misma.

La Patagonia vuelve a arder y, con ella, vuelve esa escena conocida que el país mira con una mezcla de pena y distancia, como si el humo quedara lejos y no tuviera domicilio. Pero el fuego no respeta postales ni fronteras provinciales: se mete en el bosque, salta caminos, empuja a familias a evacuar y deja detrás un silencio chamuscado que no entra en ningún parte oficial. En estas horas, la prioridad es concreta y urgente: frenar el avance, cuidar vidas, proteger viviendas y sostener a quienes combaten las llamas con el cuerpo.

El incendio, como siempre, no es solo una línea roja en un mapa. Es la suma de condiciones que se alinean para que una chispa se vuelva desastre: altas temperaturas, vegetación seca, viento cambiante, y una geografía que dificulta el acceso y la logística. A eso se le agrega lo que cuesta decir en voz alta porque incomoda: la repetición. Cada temporada se promete aprendizaje y preparación; cada temporada la emergencia llega igual, con recursos que parecen insuficientes, coordinación que a veces llega tarde y una discusión pública que dura lo mismo que dura el trending topic.

En el terreno, el trabajo es áspero y físico. Brigadistas y bomberos lidian con frentes activos, con focos que reaparecen, con guardias interminables y un cansancio que no se cura con aplausos. Se abren cortafuegos, se usan medios aéreos cuando el clima lo permite, se despliegan operativos para resguardar zonas pobladas, y los vecinos se organizan como pueden: algunos ayudan, otros esperan noticias, otros se van con lo puesto. En paralelo, crece la angustia por el impacto ambiental: bosques que tardan décadas en recuperarse, fauna desplazada o muerta, suelos degradados y una pérdida que no se mide sólo en hectáreas.

La pregunta inevitable aparece en la sobremesa nacional como un reproche: ¿por qué pasa otra vez? Y la respuesta es menos cinematográfica que el fuego, pero más grave. Porque prevenir cuesta planificación, continuidad y disciplina: manejo del combustible vegetal, controles, infraestructura, capacitación, inversión sostenida, sanciones reales a conductas imprudentes y un sistema de respuesta que no dependa del milagro. Porque además hay algo cultural, casi una mala costumbre: reaccionar con épica cuando el humo ya está en el aire, y volver a la indiferencia cuando llega la lluvia.

También está la dimensión política, siempre tentadora. En vez de una conducción serena y coordinada, suele aparecer el deporte nacional del pase de facturas: quién no mandó recursos, quién recortó, quién anunció, quién “se hizo cargo”. Mientras tanto, el incendio hace lo suyo, que es avanzar. En una crisis así, el país no necesita discursos heroicos ni teorías a medida: necesita mando, método y transparencia. Y necesita, sobre todo, que el tema no se convierta en un capítulo estacional que se archiva hasta el próximo verano.


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Francisco Sciaky

Periodismo