Milei y Trump se quedan con la colonia

Milei y Trump se quedan con la colonia

El miedo volvió a ser una estrategia de gobierno. Esta vez no se presentó disfrazado de discurso ideológico ni de épica nacionalista, sino de amenaza concreta, contable, casi burocrática: si no llegaban los dólares, todo se derrumbaba. El mensaje fue sencillo y efectivo. El país votó entre la sensación de vacío y el terror a perder lo poco que le queda. La Libertad Avanza obtuvo el 40,8 por ciento de los votos y se impuso en dieciséis distritos, incluso en aquellos donde hace apenas unos meses la desaprobación parecía irreversible. El peronismo conservó su base territorial con el 34,8 por ciento, pero sin convicción, sin esperanza, sin relato. Provincias Unidas, la alianza de gobernadores que quiso ocupar el centro del tablero, apenas alcanzó un cinco por ciento y terminó hundida por la polarización que dice rechazar.


La estrategia fue clara: transformar la crisis en chantaje emocional. “Si no ganamos, se acaba el país”, repitieron los voceros libertarios en cada micrófono, mientras los mercados, oportunamente nerviosos, hacían el resto. Fue un miedo fabricado, pero eficaz. Un miedo que disciplinó. Un miedo que reemplazó a la política. La promesa ya no fue de futuro, sino de contención: que no se dispare el dólar, que no vuelva el caos, que no regrese lo anterior. En esa resignación, muchos votaron no por convicción sino por defensa propia, como quien se aferra a una tabla a la deriva.


El trasfondo económico de la victoria es aún más elocuente. El gobierno sostuvo su campaña con un nuevo endeudamiento externo que superó los cuarenta mil millones de dólares. Detrás de la retórica libertaria se consolidó la vieja dependencia: créditos del Tesoro estadounidense, compromisos con fondos de inversión, promesas de entrega de recursos naturales a cambio de liquidez inmediata. No fue un rescate, fue una hipoteca. Argentina volvió a ofrecerse como garantía de su propia fragilidad, mientras se celebraba el retorno de los dólares como si fuera una conquista nacional.


La noche del triunfo tuvo el tono de una restitución simbólica. El presidente habló de “modernizaciones” y anunció reformas laborales, previsionales y educativas. Las presentó como inevitables, como si el país debiera adaptarse a un tiempo nuevo que, en realidad, suena demasiado conocido. Bajo el nombre de libertad se reeditan los viejos mecanismos de ajuste, privatización y disciplinamiento social. No hubo promesas de justicia ni de desarrollo: sólo la certeza de que el orden se mantendrá, aun si es a fuerza de represión.


Del otro lado, la oposición se mostró tan cansada como previsible. El peronismo sobrevivió, pero sin alma. Con estructuras que funcionan por inercia, dirigentes que se repiten a sí mismos y una base que todavía vota por costumbre más que por fe. La derrota no sorprendió a nadie. Faltó relato, faltó proyecto, faltó emoción. El discurso de advertencia sobre la entrega y la deuda se perdió en el ruido general. El movimiento que alguna vez fue sinónimo de esperanza apenas logró conservar el recuerdo de lo que fue.


En el centro del mapa político, los gobernadores que intentaron refundar la “avenida del medio” descubrieron otra vez que el país no se mueve por moderación. La tibieza no seduce. Intentaron parecer sensatos en una sociedad que vota con el estómago y el miedo. En la comparación, el votante eligió el original antes que la imitación: prefirió el grito libertario al susurro racional.


El resultado no fue una sorpresa, sino la confirmación de un ciclo. El miedo, el endeudamiento y la dependencia volvieron a formar parte del repertorio político argentino. Cambian los nombres, los colores y las consignas, pero el mecanismo se repite: se convoca al sacrificio para evitar el desastre, se entrega soberanía a cambio de dólares, se llama orden al sometimiento.


El presidente celebra un triunfo que lo deja sin excusas. La herencia ya no alcanza como explicación. Todo lo que rompa o construya será, desde ahora, su responsabilidad. Gobernará con el crédito de los mercados y la desconfianza de la gente. Tal vez crea que ha inaugurado una nueva era. Pero la historia argentina es obstinada con sus repeticiones: cada vez que un gobierno se enamora del poder y confunde la destrucción con la esperanza, el país termina pagando el costo. El tiempo dirá si esta vez será distinto, o si el miedo volverá, una vez más, a ser la forma más eficiente de gobernar.


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Francisco Sciaky

Periodismo