Presupuesto 2026: Bullrich repliega el “todo o nada” y el Gobierno busca salvar la cara en el Senado
Tras el rechazo a los artículos más sensibles, el oficialismo acepta debatir el Presupuesto sin el capítulo que recortaba financiamiento universitario y discapacidad. Pero en la Casa Rosada ya ensayan una jugada para reponer cambios en el recinto y volver a condicionar al Congreso con nuevas “reglas de disciplina fiscal”.
El Gobierno entró en una crisis fabricada por su propia lógica: apretar hasta romper y, cuando se rompe, culpar al vidrio. La madrugada en Diputados dejó un límite político y social que esta vez no se pudo correr con retórica ni con amenazas. En pocos días, el oficialismo pasó de la épica del “todo o nada” a un repliegue táctico: el Presupuesto 2026 se encamina a debatirse en el Senado sin el capítulo que incluía la derogación del financiamiento universitario y de la emergencia en discapacidad, además de otros recortes sensibles.
Patricia Bullrich quedó en el centro de esa maniobra. Su objetivo ya no es “ordenar” el debate: es encontrar una salida elegante a un tropiezo legislativo que expuso impericia propia y alianzas más frágiles de lo que la Casa Rosada suponía. El mensaje que recibió de sectores que hasta ayer funcionaban como puente —en especial el radicalismo— fue seco: no hay margen para reescribir lo que Diputados rechazó. Traducido: no cuenten con nosotros para pagar el costo político del ajuste con nombre y apellido.
Con ese marco, el oficialismo consiguió el dictamen necesario en comisión y se comprometió a llevar al recinto el texto “tal como llegó”. Suena a capitulación, pero es más bien una pausa para tomar aire. Porque la desconfianza de la oposición no es paranoia: dentro del Gobierno conviven dos voces. Una, la de la prudencia forzada que dice “vamos sin cambios”. Otra, la del impulso que insiste en reponer modificaciones directamente en el recinto, donde el ruido, la urgencia y la rosca suelen funcionar como palanca.
La interna también asoma. Mientras Bullrich muestra moderación de puertas afuera, otros operadores admiten que el plan es rescatar por lo menos una parte de lo que se cayó por la torpeza del “paquete completo”. Ya no tocarían —por ahora— universidades y discapacidad, justamente los puntos que más encienden la calle. La idea sería empujar artículos menos explosivos, pero igual de políticos: fondos y ajustes vinculados a la coparticipación de la Ciudad de Buenos Aires, refuerzos presupuestarios para el Poder Judicial y otros ítems pensados para recomponer vínculos con aliados que empezaron a mirar el costo de acompañar.
El problema es que el país no es un Excel y la política no se administra como un tablero de castigos. Los gobernadores vienen reclamando obra pública y respuestas federales, y el intento de privilegiar a un distrito por conveniencia parlamentaria puede leerse como provocación. En el Senado, además, la aritmética es otra: no alcanza con el impulso, hace falta oficio. Y ese oficio escaseó.
En Balcarce 50, la reacción presidencial fue la habitual: furia contra el Congreso, bronca contra los gobernadores y un discurso que convierte cualquier límite institucional en “traición”. De ahí sale la tentación de avanzar con proyectos para atarle las manos al Parlamento: la llamada “disciplina fiscal”, la pretensión de blindar el déficit cero como dogma y hasta mecanismos de sanción para quienes voten leyes que alteren el equilibrio. Es un enfoque de orden rígido: suena enérgico, pero suele terminar erosionando lo que dice defender, porque confunde autoridad con enojo.
En paralelo, la reforma laboral —la otra bandera de las extraordinarias— quedó en suspenso. En el Congreso se repite una frase simple, casi antigua: sin Presupuesto, no hay reforma laboral. No por romanticismo institucional, sino por pragmatismo: si el Gobierno no puede garantizar la ley básica del funcionamiento del Estado, menos puede pedir que le aprueben transformaciones de alto conflicto social. Lo demás es relato.
El trasfondo es más serio que una votación: es una forma de gobernar. Cuando un Ejecutivo trata al Congreso como enemigo y a los aliados como empleados, la política responde con lo único que tiene: límites. Y cuando esos límites llegan, no hay épica que tape el dato central: la crisis no vino de afuera. Se la hicieron solos. Ahora buscan una salida prolija. Falta ver si la prolijidad es convicción… o apenas maquillaje para llegar a fin de año con un trofeo en la foto.
